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domingo, 15 de agosto de 2010

"Memorias" de adolescentes

Nuestros ídolos deportivos, musicales, artísticos… no sobrepasan los veintitantos años. Algunos, incluso, parecen estar ya de vuelta de todo a edades bien tempranas: Paris Hilton a los 29, Amy Winehouse a los 26, Lady Gaga, a los 24…
¿Hay quién dé más? Pues sí. El cantante canadiense Justin Bieber, nuevo fenómeno musical de 16 años de edad, va a publicar sus Memorias el próximo mes de octubre. Pero, ¿de verdad alguien tiene una larga vida tras de sí para poder contarla con sólo 16 añitos?

Al parecer, hemos acelerado tanto el ritmo de la historia que el tiempo ya no se mide en décadas, como antes, sino en instantáneos bits de información que envejecen los acontecimientos a medida que se producen. Es más: tampoco valoramos los acontecimientos por sí mismos, sino por la expectativa que generan. Así, Barak Obama recibe el Premio Nobel de la Paz no por nada que haya hecho sino por lo que pueda llegar a hacer.
Antes, este tipo de galardones suponían el colofón a los méritos de toda una vida. Ahora, en cambio, al piloto Fernando Alonso se le da el Premio Príncipe de Asturias a los 24 años, cuando una persona todavía tiene toda la vida por delante.
Ya me dirán si no es una terrible paradoja que estas cosas sucedan cuando, gracias al alargamiento de la vida, hoy día aún existen personajes centenarios en plena lucidez creativa, como Manoel de Oliveira, Oscar Niemeyer o José Luis Sampedro.
Pero, claro, éstos sólo constituyen la excepción en una sociedad que prejubila a sus miembros con 50 años por considerarlos tan anacrónicos y prescindibles como aquellos desaparecidos dinosaurios de la Prehistoria.



viernes, 16 de julio de 2010

Vicente del Bosque

No voy a hablar de fútbol. Menos aún de tácticas y estrategias futboleras de las que no entiendo ni papa y que, además, se me dan una higa.

Sí voy a hablar, en cambio, de personas. De una en concreto: de Vicente del Bosque.

Y es que su figura calmosa y modesta, pausada y discreta, contrasta con la estridencia desaforada de nuestros referentes mediáticos, como ahora se dice. En el ancho mundo se llevan hoy día una serie de tipos estrafalarios y frívolos, vocingleros y cursis de los que un buen ejemplo podría ser Paris Hilton. A escala doméstica y más casposa, el paradigma sería Belén Esteban o como se llame esa mujer a la que veo desgañitarse en diferentes platós televisivos sin saber muy bien porqué.

Del Bosque representa justo lo contrario: la moderación y la sensatez, la templaza y el comedimiento. Ésas son virtudes que no las proporciona el cargo de entrenador de fútbol, véase, si no, la antítesis que encarna el nuevo fichaje madridista, José Mourinho. Tampoco son inherentes, precisamente, al honroso cargo de seleccionador del español. Recordemos que antes de Del Bosque ocuparon ese puesto el colérico y xenófobo Luis Aragonés, el sanguíneo y ciclotímico José Antonio Camacho y, sobre todo, el ególatra y narcisista Jabi Clemente.

Frente a tanto ego desatado de sus predecesores, Del Bosque ha dado protagonismo a los verdaderos autores del espectáculo, o sea, a los futbolistas. En él prima lo colectivo sobre lo individual, el trabajo sobre el exhibicionismo, el esfuerzo sobre la palabrería.
No sé si esta actitud significa que los tiempos del deporte y de la vida misma están cambiando, en este caso para mejor. Lo que sí veo es que nuestras autoridades, sin distingos políticos, lo valoran así. Por ello me alegró que Julián Lanzarote y Fernando Pablos encabezasen el nombramiento de Vicente del Bosque como hijo predilecto de Salamanca. Y lo hicieron, además, antes de comenzar el mundial de fútbol. Ésa es la prueba definitiva de que el nombramiento no está ligado a un mero éxito temporal, sino a unas virtudes que van más allá de lo efímero.