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jueves, 19 de diciembre de 2013

¡Que no nos toquen el fútbol!



Hasta un aeropuerto inexistente, como el de Castellón, ha estado financiando al Villarreal CF por hacerle publicidad en sus camisetas. Es una manera, tan nefasta como otra cualquiera, de malgastar dinero público.
Es que el fútbol, principal alimento anímico de nuestros espíritus, está por encima de todas las cosas. De ahí que se haya puesto como una pantera el ministro García Margallo al saberse que la UE va a investigar las finanzas de siete clubes españoles.
¿Cómo se atreve Europa a semejante osadía?, parece decir ¿Tan envidiosa está de los éxitos deportivos de nuestro país? ¿O acaso intenta cargarse la marca España?, término reiterado un día sí y otro también por el señor ministro.
Aquí, hasta ahora, a nadie ha parecido preocuparle que los clubes de fútbol españoles deban tranquilamente a Hacienda más de 700 millones de euros. De poco parecen haberles servido, pues, los cuantiosos recursos obtenidos del Estado, en su día, de las quinielas, después, y hasta de los derechos televisivos, en los últimos años, cuando los han derrochado en fichajes cada vez más caros, estableciendo el récord mundial con Gareth Bale en 99 millones.
La complacencia pública con nuestro fútbol ha sido absoluta. Hasta hechos demostrados, como la compra de partidos del Hércules CF por su presidente, Enrique Ortiz, han permanecido impunes. Pero también el endeudamiento vertiginoso del Valencia CF (350 millones) y hasta el aval obtenido por parte de la Generalitat y que les costará a los ciudadanos 86 millones. Incluso, la alcaldesa Rita Barberá clama para que Bankia prorrogue ese crédito a todas luces insostenible. ¿O es que acaso ella ha hecho lo mismo con alguna familia objeto de desahucio por los bancos?
El fútbol, claro, debe ser más importante que esas otras minucias. Por eso se renuevan los estadios a golpe de especulación, como tras el Athletic de Bilbao pretende hacer ahora el Barça con el argumento de que el Camp Nou tiene ya 57 años. ¿No es mucho más vieja la catedral de Burgos y a nadie se le ocurre construir otra nueva al lado de la antigua?
Esta sobredimensión del fútbol, por supuesto, también acontece en otros países próximos, con el amaño de resultados incluido, pero es que aquí, en medio de una devastadora crisis, los clubes se han llevado millones y millones de dinero público que mejor habría sido utilizarlo en otras necesidades ciudadanas más perentorias.
Aunque solo fuera por eso, hace muy bien la UE en investigarlos.  


sábado, 4 de mayo de 2013

¡No hay co.....!

Lo peor de nuestra clase política es que no tiene cojones —con perdón— para afrontar las reformas que necesita el país.
         Un detalle mínimo de la cobardía institucional respecto a sus congéneres —en este caso, los Sindicatos— lo vimos en la manifa del 1 de mayo en Salamanca, donde el Ayuntamiento del PP cedió el balcón protocolario para la arenga de CCOO y UGT —“No tienen límites” — contra la política económica del propio Partido Popular. Todo ello, salpimentado, de paso, con banderas republicanas, o sea, anticonstitucionales, es decir, contra la institución que las acogía.
         Uno no tendría nada que objetar si el uso de ese mismo balcón se cediese también a otros grupos y organizaciones igual de benéficas, al menos, que los Sindicatos: UNICEF, Médicos sin fronteras, Intermon Oxfam, etc., cosa que por supuesto no sucede.
         Y es que a estos últimos no se les tiene miedo, a diferencia de a la casta político-institucional que lleva beneficiándose treinta y tantos años de este país.
         Por eso son pura retórica las leyes de transparencia, mientras perdura gracias a siniestros tipos como Bárcenas la financiación ilegal de nuestros partidos, así como queda en agua de borrajas la regeneración del PP valenciano prometida por Alberto Fabra, que no sólo sigue teniendo once imputados en las Cortes regionales, sino que suma y sigue con una nueva acusación contra el alcalde de Castellón, Alfonso Bataller.
         Por esa falta de testículos, no se acaba de un plumazo con diputaciones y cabildos, no desaparecen empresas públicas y se cierran televisiones autonómicas y embajadas regionales, no se crean listas abiertas de diputados o circunscripciones uninominales y, en vez de putear a los pobres funcionarios, no se liquida esa nefasta pléyade de asesores, paniaguados y enchufados, donde se acomodan los políticos sin puesto fijo.
         Si hubiese, pues, lo que hay que tener, nos ahorraríamos fácilmente ciento y pico mil millones de euros en vez de apretar para ello el cinturón a los ciudadanos, estrangular la inversión necesaria y reducir el empleo productivo, como ahora sucede.   

domingo, 4 de septiembre de 2011

Ya nada será igual

Mal que le pese a Francisco Camps, el futuro de la Comunidad Valenciana será muy distinto sin él al frente de la Generalitat.

Claro que tanto el ex presidente como Carlos Fabra se aferran a un pasado irrepetible, tal como pusieron de manifiesto este viernes en Beniccàssim. Bastó que el juez Antonio Pedreira archivase la causa del caso Gürtel contra Luis Bárcenas y Jesús Merino, para que Camps sacase pecho soñando con su tardía absolución.

La efímera demostración de fuerza de ambos políticos se ha hecho, además, a menos de tres meses de la probable victoria electoral de un Mariano Rajoy que, lógicamente, no se andará con chiquitas con aquellos cargos del PP que le han causado repetidos problemas, como es el caso de los dos citados. De ahí la prisa de éstos en mostrar presumibles apoyos antes de su total laminación de la vida pública.

El natural enfado de la dirección nacional del partido se ha visto agrandado por el menoscabo que ambas intervenciones han causado a la figura de Alberto Fabra. Tanto es así, que éste ha debido recordar que “estoy aquí para deciros que soy vuestro presidente y que estoy dispuesto a liderar este proyecto”. ¿Habría sido necesaria, en otro contexto, semejante obviedad?

“Es que Camps se ha convertido en un problema para el partido”, me confiesa un alto cargo del PP: “Si acude como diputado a Las Corts, malo, porque la oposición podrá meterse con él todos los días, enturbiando así el proceso político, y si no lo hace, también es negativo, porque se nos reprochará el que mantengamos a un parlamentario que solo hace pellas”. “Lo mejor —concluye— es que dimita de Las Corts y deje su puesto a otro”.

No parece, sin embargo, que ése sea el propósito del ex presidente, sino el de protegerse con su aforamiento como diputado.

En cualquier caso, estos rifirrafes internos no trascienden al exterior. “Pasa como con los futbolistas de la selección —me dice otro político—: se llevan a matar entre ellos durante los partidos Barça-Madrid, pero si luego hay una tángana con los chilenos, Iniesta, Arbeloa, Busquets y Ramos hacen piña contra ellos”.

Así, pues, aunque no haya broncas de puertas afuera, Camps y Fabra son ya dos cadáveres políticos a punto de enterramiento, a pesar de que este último se resista a ceder las riendas del partido en Castellón a Javier Moliner.

El ex presidente, por su parte, no es consciente de que ha dejado la Comunidad hecha un erial. “Con los números en la mano —explica un economista de prestigio— estamos técnicamente en quiebra. Lo de Castilla-La Mancha, por mucho que gesticule Dolores de Cospedal, no es nada, en cuanto a su volumen, con lo nuestro: solo el agujero de Canal Nou es superior a todo el déficit de la comunidad vecina”.

De ahí los sucesivos recortes de gastos anunciados por Fabra, de ahí sus propuestas de diálogo con la posición, de ahí sus promesas de transparencia informativa,… Justo, lo contrario de lo realizado por su manirroto predecesor.

“Pero todo esto no puede hacerse, por supuesto, con los consellers heredados de Camps —argumenta la fuente ya citada—, y menos con la vicepresidenta, Paula Sánchez de León, destinada a haberle sustituido. Pero esa remodelación total del Consell tendrá que esperar hasta después de la elecciones”.

O sea, que una vez producido el cambio en el escenario, en el guión y en los protagonistas de la vida política valenciana, ya nada volverá a ser igual que antes en nuestra Comunidad.





lunes, 16 de mayo de 2011

Eliseu Climent, Font de Mora y Alberto Fabra

Eliseu Climent


Tiene el mérito de aquellos equipos de fútbol capaces de jugar siempre fuera de casa sin amilanarse. Lo suyo de ser catalanista en Valencia, nadie lo negará, es más difícil que jugar en la NBA siendo cojitranco. Pero el hombre, ya ven, treinta y tantos años después ahí sigue, erre que erre.

Otra característica envidiable del personaje es su capacidad de sacarles dinero a los sucesivos presidentes del Principado, desde Jordi Pujol a Artur Mas, pasando por Maragall y Montilla. Si ahora no consigue tanta pasta como antes, no se debe a que Climent haya perdido dotes de persuasión, en absoluto, sino a que por culpa de la crisis a Cataluña no le queda un euro ni para los suyos. Así que Eliseu debe ponerse el último de la cola.

Alguien con tales prendas personales tiene que provocar necesariamente pasiones encontradas, con más detractores en su caso que admiradores. Quizás por ello, y para curarse en salud, el hombre ha acabado por mezclar sus negocios personales con la causa catalanista de sus patrocinadores.


En esto, mírese por dónde, no resulta nada original, ya que lo de desviar fondos hacia bolsillos distintos de los primitivos viene siendo práctica repetida en Barcelona, desde el caso Pallerols al del Palau de la Música. Y es que donde fueres haz lo que vieres.


Alejandro Font de Mora


Acostumbrado a lidiar con muertos en su lejana etapa de médico forense, los vivos tampoco se le resisten a este político imaginativo y audaz. Imaginativa fue sin duda su idea de impartir Educación para la Ciudadanía en inglés. Y audaz, por pretender imponerla a un colectivo tan beligerante como el de la docencia.

Hombre de ironía fina, brillante pluma y vasta cultura, parecía predestinado a ser conseller de Educación, donde da al menos tantos palos como los que recibe. La paradoja es que, con él o sin él, nuestra Comunidad sigue ofreciendo los peores ratios de España en los distintos niveles de la enseñanza, sin que nadie haya podido ni sabido ponerle el cascabel a un gato tan salvaje como ése.

Claro que lo suyo es la labor parlamentaria y que si está donde está solo es por disciplina y lealtad a su presidente. Pasó por Las Corts con nota, gracias a su verbo erudito, su capacidad de reflejos y una habilidad poco común para el adjetivo mortificante. Ahora espera, confiado, en volver a esa casa para presidirla.


Semejante perspectiva seduce a más de un periodista parlamentario, aburridos éstos de la rutinaria y espesa presidencia de Milagrosa Martínez. Algunos ya se relamen por anticipado, pensando en unas sesiones que presumen jugosas, chispeantes y efervescentes.


Alberto Fabra


Es el otro Fabra, para distinguirlo de Carlos, el de las loterías, como le conocen hasta en los Juzgados por esa propensión a que le toque el Gordo que desafía todas las leyes de la estadística.

A diferencia de su homónimo, Alberto es un hombre discreto, sin estridencias, que prefiere el sosiego a la pugna dialéctica. Llegó a la alcaldía de Castellón por sus méritos como concejal cuando el PP decidió que debía suceder al primer edil. Y es que Alberto Fabra es un hombre de partido que está siempre ahí para cuando se le necesita.

Por esa tranquila actitud de disciplina, se dice que Mariano Rajoy lo tiene en su agenda para relevar a Francisco Camps en cuanto sea posible o, al menos, deseable. Él, que se sepa, no ha hecho movimiento alguno en ese sentido; por fortuna, porque en política quien se mueve a destiempo o no sale en la foto o lo hace escarmentado y con moratones.

A nuestro hombre no le faltan hechuras presidenciales, ya que tiene la figura espigada y esbelta de los anteriores presidentes de la Generalitat, como si el PP hubiese establecido un patrón fijo al que deben ajustarse los aspirantes al cargo. Claro que, como la política es veleidosa y tornadiza, a lo mejor mañana mismo el partido donde decía digo dice Diego y las cosas son justamente lo contrario.

miércoles, 23 de marzo de 2011

¡Quién fuera Calatrava!

Dos cosas no se le pueden discutir a Santiago Calatrava. Una, que se trata de un arquitecto singular, único y de una estética identificable hasta por el más ignorante. La segunda, que ha sido profeta en su tierra: no sólo ha obtenido todos los galardones públicos y privados posibles, sino que su obra preside desafiante e imperecedera el renovado cauce del Turia.

Chapeau.

A partir de ahí se pueden hacer otras consideraciones menos gratas.

Por ejemplo, que sus obras cuestan siempre un riñón a las arcas públicas, generalmente por encima de lo presupuestado. Una persona que tuvo un ácido conflicto con él, el alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, lo trató con una dureza inusual: “Es un pesetero del carajo”, dijo, tras haber sido demandado por el arquitecto por haber prolongado su puente de Zubi Zuri con una pasarela, oh blasfemia, del japonés Arata Isozaki.

Otros que tampoco están muy contentos con el arquitecto de Benimaclet son los vecinos de Venecia a cuenta de la seguridad de su último puente y, sobre todo, el alcalde de Nueva York, Michael Bloomberg, tras el retraso de la estación intermodal en la zona cero, que ha quedado mutilada pese a haberse excedido en susl costes.

Con estos precedentes y otros de menor calado —necesidad de un semáforo a posteriori en el puente hacia El Saler, falta de funcionalidad del aeropuerto de Sondica, inundación del Palau del Arts...— se comprende perfectamente la frase de un compañero de profesión: “El que contrata a Calatrava ya sabe a lo que se expone...

Se expone, por ejemplo, a haberle pagado, como le ha ocurrido a la Generalitat, 2,7 millones por un estudio para el Centro de Convenciones de Castellón que, pese a las apaciguadoras explicaciones del vicepresidente Vicente Rambla, ni se atiene a lo proyectado ni se sabé para qué va a servir.

Por eso, hay que agradecerle a Marina Albiol, diputada de Esquerra Unida, el que haya desvelado los pormenores de ese contrato. Para eso existe precisamente la oposición política: para controlar al Gobierno y evitar que cualquier Parlamento se convierta en un rodillo, no de amasar pan, pero sí de amansar conciencias. Y es que todos los compromisos públicos, incluidos los de Calatrava, no son “asuntos confidenciales” para “exclusivo uso interno”, como se empeña en afirmar siempre Gerardo Camps.

Eso no quiere decir que semejantes convenios no sean legales. Faltaría más. Pero sí que, por su cuantía y sus cláusulas, resultan ilógicos, al igual que los que firmó con nuestro arquitecto el ahora imputado ex presidente balear Jaume Matas, quien reconoce haberlo contratado “a dedo”.

Aunque la Sindicatura de Cuentas haya dado finalmente un dudoso visto bueno a este tipo de acuerdos, todos conocemos de sobra la natural obsecuencia que muestran estas instituciones —tanto si son autonómicas como estatales, trátese ya de empresas auditoras o de agencias de calificación crediticia— hacia quienes nombran a sus miembros o pagan por sus servicios. Y de ahí, también, la necesidad de reforzar los controles legales sobre su funcionamiento.

Ello se hace aun más perentorio en esta ahora, en que nos hallamos metidos de hoz y coz en una crisis económica profunda y duradera, sin dinero público ni para el sueldo de los funcionarios.

Claro que eso no parece aplicable a personajes exquisitos como Santiago Calatrava, situados por encima de presupuestos y restricciones, a quienes por lo visto no afectan la crisis, los recortes ni las demás limitaciones que la Administración pública impone a los demás mortales.

jueves, 6 de enero de 2011

Castellón, la cenicienta

La gente del entorno de José Joaquín Ripoll se suele quejar episódicamente de la marginación que padece la provincia de Alicante por parte del Consell. Pero no parece, a tenor de las cifras de inversión, que eso sea verdad.

Veamos: en Terra Mítica, el fastuoso y fallido proyecto de Eduardo Zaplana, se llevan gastados más de 200 millones de euros irrecuperables. Por otra parte, la Ciudad de la Luz, a la que su última directora, Elsa Martínez, intenta infructuosamente poner remedio, es otro pozo sin fondo: cada película que se rueda en sus estudios le cuesta un riñón a nuestras arcas públicas; y menos mal que allí se filman pocas, ya que las productoras prefieren las ventajas de localización y de precio que ofrece la plaza marroquí de Marrakech.

La verdadera cenicienta de las inversiones públicas de la Comunidad es Castellón. Y no se debe a que los procesos judiciales en que se halla incurso Carlos Fabra hayan atemperado su habitual beligerancia para reclamarlas, sino porque la crisis económica a la que ha afectado con más intensidad es a esta provincia. Mi colega Jesús Montesinos, conocedor y sufridor de los avatares castellonenses, me recordaba el otro día la superposición de la crisis industrial (cerámica), agrícola (cítricos) y terciaria (turismo). Un desastre, en suma.

No hace mucho, aún se pensaba en el megalómano proyecto de ocio Mundo Ilusión, pero, antes de que aumentase el posible cementerio de ladrillo sin ocupantes, el Consell de Francisco Camps tomó la oportuna medida de pararlo. Todavía pervive, sin embargo, el plan de una remota de Ciudad de las Lenguas, de aquí a cinco años, al frente de la cual se puso hace otros cinco al ex alcalde José Luis Gimeno. Ya se ve cuán lejos se fían las cosas en esta Comunidad. Pero, además, ¿para qué ese proyecto cuando Salamanca o Granada están mejor preparadas que nosotros para enseñar la lengua castellana?

De lo que se trata muchas veces es de enterrar montones de dinero en actividades de incierta rentabilidad. Eso también es aplicable al aeropuerto que se pretende inaugurar en La Plana antes de las elecciones autonómicas y municipales del 22 de mayo.

¿Es lógico un dispendio de más de 200 millones cuando 39 de los 48 aeropuertos españoles han tenido déficit en el último ejercicio? Entre ellos, recordemos, está el de Manises, con unas pérdidas operativas de 1,21 millones. Eso, sin contar con huelgas de controladores, pilotos, personal de tierra… y la cancelación de vuelos por las cenizas del volcán holandés. Sólo esto último supuso 248.000 euros más.

Me temo que al aeropuerto de Castellón le pase como al fantasmagórico de Ciudad Real, con capacidad para 2,5 millones de pasajeros pero sólo tres vuelos semanales de Ryanair y, además, subvencionados. En nuestro caso, como recordaba la Secretaria de Estado de Infraestructuras, Inmaculada Rodríguez Piñero, la empresa explotadora percibirá 6 euros por cada pasajero de menos de los 600.000 anuales, con lo que la broma nos puede salir por un pico.

Deben existir, pues, formas menos espectaculares pero sí más útiles de usar el dinero de todos los valencianos. Y mientras el Consell no dé con ellas, Castellón, lamentablemente, seguirá siendo la cenicienta de un cuento que, de momento, no tiene final feliz.