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sábado, 7 de julio de 2012

Cuando gane la izquierda...


Ante la eventualidad de una futura derrota electoral del PP, la izquierda valenciana comienza a efectuar tímidos gestos unitarios. El último: la presentación de un proyecto común para RTVV a cargo de Ximo Puig, Marga Sanz y Enric Morera.

La conclusión cae por su propio peso, de puro obvia: sin un acuerdo del resto de los partidos parlamentarios no hay alternativa al PP. Éste, pese al desgaste que muestran las encuestas y al descrédito producido por su larga lista de implicados en escándalos —hasta once diputados, desde Sonia Castedo hasta Vicente Rambla y desde Milagrosa Martínez hasta Hernández Mateo— podría seguir siendo, con todo, el partido más votado en la Comunidad.

Así que el tripartito más que una hipótesis es la única realidad posible, como argumentan en su lúcido libro El margen izquierdo los profesores Ximo Azagra y Joan Romero. Claro que el análisis de los pensadores socialistas profundiza más en los pasados errores de la izquierda que en el modelo político y económico que debería seguir la posible coalición de gobierno en caso de victoria electoral.

Ése es el principal problema de la oposición al PP: la ausencia de un proyecto alternativo al ofrecido hasta ahora por el Consell. Lo fácil es criticar a la Generalitat por su pasada política del ladrillo, de inversiones faraónicas y de impulsar grandes eventos, pero mucho más difícil es presentar un programa que ilusione a una ciudadanía cada vez más escéptica.

Por otra parte: ¿cómo articular un proyecto común de los tres partidos —PSPV-PSOE, EU y Compromís— si en el mayor de ellos subsisten profundas divisiones? La última la han protagonizado Toni Gaspar y José Manuel Orengo con su pelea por la portavocía socialista en la Diputación de Valencia.

No se trata sólo de disputas personales —a las que, por otra parte, tan aficionado es ese partido—, sino ideológicas. Uno y otro, alineados respectivamente con Jorge Alarte y Ximo Puig, representan dos concepciones de la socialdemocracia. Abierta al cambio la primera y más anclada en un valencianismo próximo a Compromís la segunda.

Por esa diversidad y hasta esa contradicción, tienen razón quienes aventuran un deambular errático a un eventual Consell de izquierdas. Aun así, ¿cuál podría ser la orientación general de ese gobierno tripartito?

No parece difícil trazar sus principales líneas de actuación: desarrollo del Estatut, de la lengua valenciana y demás señas de identidad regional, por una parte, y aumento de la intervención pública en los servicios, la economía productiva y hasta los sectores menos rentables de la actividad económica, por otra.

En román paladino, todo eso significa una marcha atrás en la privatización de empresas públicas —incluido el ERE de RTVV—, menos recortes y más déficit público, mantenimiento de la política de subvenciones y otra serie de medidas contrarias a la austeridad propiciada por la Unión Europea.

¿Es eso posible y hasta deseable? Lo ignoro, pero sí sé que es preciso ir hablando de ello. El mal precedente del tripartito catalán de José Montilla no parece preocupar a la izquierda valenciana, ilusionada ahora con François Hollande —el segundo político más valorado por los españoles, detrás tan sólo de Barak Obama—. Claro que también parece olvidar que algunas de las políticas del presidente francés son las mismas que llevó a cabo Lionel Jospin en 1997 con el resultado desastroso que se recuerda.   

     

 


domingo, 3 de junio de 2012

La posible derrota del PP


El mayor problema del PP no es saber si descabalga o no a Alfonso Rus de la jefatura del partido en Valencia. El problema real es si podrá acabar la legislatura y en qué condiciones lo hará.

Las proyecciones que tienen los diferentes partidos políticos de la Comunidad, así como las empresas demoscópicas, muestran un inexorable declive del Partido Popular que le llevaría a perder las próximas elecciones, ya sean éstas en 2015 o se celebren con anterioridad a dicha fecha.

Como se ve, nos hallamos ante un escenario que contrasta brutalmente con el poder absoluto del que ha venido gozando el PP en esta tierra. Como recordaba Alberto Fabra cuando su reelección al frente del partido el mes pasado, “gobernamos la Generalitat, las diputaciones de las tres provincias y 355 de los 542 municipios de la Comunidad”.

Una barbaridad. Pero aun así no debe dormirse en los laureles. Desde las elecciones islandesas de enero de 2009 hasta la reciente derrota de Sarkozy frente a Hollande, la crisis económica se ha llevado por delante a 16 Gobiernos europeos, ya sean de izquierdas o de derechas, y a una cantidad indeterminada de Gobiernos regionales. Así que al tanto.

Pero no son sólo los problemas económicos de índole general los que agobian al Consell —deuda pública, déficit, dificultades de financiación y de pago de las obligaciones vencidas…—, sino los más específicos derivados de la corrupción y de la subsiguiente mala imagen de nuestra región en los mercados y, sobre todo, entre los ciudadanos.

Bien es verdad que la corrupción no ha pasado hasta ahora factura electoral en este país. Pero es que la acumulación de casos en la Comunidad —propios o comunes a otros lugares, reales o supuestos— bate records: Gürtel, Emarsa, financiación del PP, procesos a Carlos Fabra, caso Nóos, sobrecostes de Calatrava, cooperación con el Tercer Mundo, quiebras de la CAM, Banco de Valencia y Bancaixa…

Le queda, pues, por delante a Alberto Fabra un durísimo recorrido esta legislatura como para distraerse en rifirrafes internos.

La única ventaja del PP ante este panorama es la falta de alternativa política que ofrecen sus adversarios, puesta de manifiesto una semana sí y otra también en los debates en Les Corts y en las sesiones de control al Consell.

Aun así, las encuestas que se manejan de tapadillo muestran una subida en las expectativas de voto de EU, con Marga Sanz al frente, y de Compromís, donde curiosamente resulta más conocida Mónica Oltra que su líder, Enric Morera. El innegable crecimiento de esta última coalición alcanza, sin embargo, un techo más bajo de lo que seguramente merece el trabajo político de sus dirigentes. Y es que el nacionalismo o el regionalismo tienen en esta tierra el recorrido que tienen y nada más.

El que sigue hasta ahora sin levantar cabeza es el PSPV-PSOE, donde el relevo de Jorge Alarte por Ximo Puig, en vez de elevar las expectativas ofrece una imagen de división y de carencia de proyecto.

Tampoco debería fiarse el PP de que la previsible entrada en Les Corts de UPyD —el partido de Rosa Díez— compense el crecimiento de sus adversarios tradicionales. El pacto de ésta en Asturias con el socialista Javier Fernández evidencia que el PP está más solo que la una. Así que, una vez más, o gana las próximas elecciones por mayoría absoluta o se quedará para vestir santos.




sábado, 31 de marzo de 2012

Regreso al futuro

“Si la energía que gasta mi partido en destruir a sus líderes sucesivos la dedicase al servicio de los valencianos, otro gallo nos cantaría”, me dice un veterano militante del PSPV-PSOE.

En ésas sigue el partido. Si en 2008 era Jorge Alarte quien se imponía a Ximo Puig, ahora es el de Morella el que acaba con el mandato de su correligionario de Alaquàs. Y entonces como ahora el eslogan más repetido de los triunfadores es el de “unidad”. Como insiste cínicamente mi amigo, de vuelta ya de todo, “cuando tanto se apela a la unidad quiere decir que el partido está más desunido que nunca”.

Aun así, el nuevo secretario general del PSPV-PSOE y sus aliados de ahora, Leire Pajín y Francesc Romeu —no se olvide que antes lo fueron de su rival y mañana vaya a saberse de quién— se las prometen muy felices ante la aparente erosión del PP.

Ese desgaste, de momento, es una ensoñación que obnubila a los militantes del PSOE, desde Pérez Rubalcaba al último miembro de las juventudes socialistas, enfervorizados por los resultados de las últimas elecciones en Andalucía y Asturias.

En su fiebre postelectoral no parecen haberse percatado de que de una elección a otra han perdido 20.000 votantes en Asturias y 650.000 en Andalucía. Y si llegan a gobernar ambas comunidades será gracias a Izquierda Unida yal coste de poner en práctica un programa mucho más de izquierdas que el suyo.

Eso no parece importar un rábano a Ximo Puig, a quien ya su abuelo exhortaba a ser “de izquierdas, siempre de izquierdas”, sin prever que ese escoramiento a babor haría huir a las clases medias que llevaron en su día a Joan Lerma al poder.

El triunfo de Ximo Puig recuerda, pues, al filme de Robert Zemeckis Regreso al futuro, con el intento imposible de cambiar el reciente pasado. Lo malo es que el futuro del PSPV-PSOE queda en manos de Compromís y de Esquerra Unida y no de su propio electorado, cada vez más menguante.

sábado, 24 de marzo de 2012

¿Es Alarte el culpable de todo?

La mejor exculpación de Jorge Alarte ante los dirigentes nacionales del PSOE es que, no sólo él, sino todos los barones regionales del partido están sufriendo una gran contestación interna. Hasta Óscar López, secretario de organización y niño mimado de Pérez Rubalcaba, ve cómo le crecen los enanos en su feudo de Castilla y León.

Con ese argumento, el secretario general del PSPV-PSOE ha buscado —y obtenido— el apoyo de Madrid para repetir en el cargo. Claro que en estas horas bajas del socialismo español —las elecciones andaluzas de hoy medirán la magnitud de su descrédito— de poco sirve el respaldo orgánico de Ferraz que, para evitarse nuevos problemas, lo hace además con la boca pequeña.

¿Bastará ese pequeño empujoncito para mantener a Alarte a la cabeza del socialismo valenciano ante su virtual empate con el candidato Ximo Puig?

A cinco días del Congreso del PSPV-PSOE nadie lo sabe, dado el habitual cabildeo en los congresos del partido y la existencia de otros dos aspirantes —Francesc Romeu y Manolo Mata— que multiplican las posibilidades de pactos y alianzas.

De los reproches de sus críticos al actual secretario general del PSPV, el más obvio es que ha dedicado la mayor parte de su tiempo a mantenerse en el cargo, en vez de hacer una contundente política de oposición frente a Paco Camps y Alberto Fabra.

Seguramente es verdad, pero ¿no se han dedicado a ello también los anteriores secretarios generales, incluyendo a Joan Ignasi Pla? ¿No son responsables de ello, precisamente, quienes ponen palos en las ruedas todos los días al actual secretario general?

Lo cierto es que esa política en clave defensiva es la que ha lastrado su eficacia opositora a los Gobiernos del PP y, sobre todo, impedido la modernización ideológica del partido con la que Jorge Alarte se presentó en el congreso que ganó hace cuatro años.

Pero lo peor es que, ante ese estado de cosas, la alternativa de Ximo Puig no parece un paso hacia adelante sino que supondría el regreso a los viejos tics que vienen condicionando al PSPV y le han impedido adaptarse a una realidad social cambiante. Porque, ¿qué planteamientos ofrece más allá de formulaciones ideológicas abstractas y, eso sí, la de fomentar el uso social del valenciano?

Anter esa falta de argumentos renovadores, José María Ángel, Elena Martín y otros miembros del núcleo duro de Alarte aducen que si el informe de gestión de la actual dirección es criticable, de él son corresponsables las otras corrientes internas del partido que no han permitido una mayor eficacia opositora frente al PP.

En éstas sigue sumido, pues, el PSPV-PSOE: en discutir si, como en la fábula, se trata de galgos o podencos, mientras el Consell continúa tan ricamente haciendo de su capa un sayo. Claro que, para confortarse en la aflicción, los socialistas manejan ignotas —y probablemente apócrifas— encuestas que darían a la oposición la victoria en las próximas elecciones autonómicas.

Esa hipótesis no se basa en méritos propios, sino en el posible descenso de votos del PP y la subida de EU y Compromís, aliados obligados del PSPV-PSOE. “Pero no nos engañemos —me dice un amigo socialista—, nosotros sólo podremos alcanzar el Gobierno si mi partido se decanta hacia el centro político y no se escora más a la izquierda. Y eso, quiéranlo o no, sólo lo puede conseguir hoy por hoy Jorge Alarte”.