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jueves, 17 de abril de 2014

"¿Europa nos roba?"



Según la propaganda del PP, Arias Cañete es el mejor candidato para “defender a España en la Unión Europea”.
¡Cielos! ¿Es que acaso la UE nos ataca? O, simplemente, ¿es que Europa nos roba, como los independentistas más radicales afirman que España lo hace a Cataluña?
Semejantes manifestaciones, aparte de mentiras, son el paradigma perfecto de la insolidaridad. Ahora que España ha pasado de ser un país receptor de fondos a convertirse en contribuyente neto de la UE, resulta que hay que defenderse de ella. Y dado que Cataluña tiene el doble de renta que Extremadura, el que tenga una mayor aportación contributiva supone que Espanya ens roba.
En el fondo, se trata de una misma actitud etnocentrista, cicatera e insolidaria. Desde siempre, los sucesivos gobernantes españoles, llámense José María Aznar o Rodríguez Zapatero, han presumido de ser los mejores defensores de España ante la Unión Europea. Y los eurodiputados no digamos. Pero, ¿acaso no van éstos a Bruselas precisamente a defender la UE, a hacerla más sólida, justa y participativa? Pensar otra cosa es lo mismo que si un diputado de Cuenca o de Orense fuese a Las Cortes exclusivamente a defender a sus paisanos frente a las leyes españolas.
Con semejante actitud localista y aldeana, nuestros políticos pretenden luego que los ciudadanos acudamos a votar en las elecciones al Parlamento europeo, “porque Europa es lo importante”. Ya. Si la derecha más rancia ha acusado al comisario Joaquín Almunia de ser “poco patriota” al anteponer la legalidad europea a los intereses de clubes de fútbol españoles, ¿cómo justificar luego esa misma legalidad?
Así que todos estamos dispuestos a defendernos de la UE, pero ¿quién defiende a esa misma Unión Europea de nuestros egoísmos nacionales y contradictorios?       
 

domingo, 4 de julio de 2010

Por qué soy euroescéptico

Cada vez que voy a Bruselas vuelvo más euroescéptico. Lo malo, con todo, no es lo que me ocurre a mí, sino que desde el día 1 preside la Unión Europea Bélgica, un país fracturado que ni siquiera cree en sí mismo. Así que ya me dirán.

Los años de bonanza económica consiguieron camuflar la división de una UE que no logró aprobar una modesta Constitución y cuyos miembros discrepan sobre políticas fiscales y laborales, migratorias y energéticas, sobre el intercambio de información financiera y la protección a paraísos fiscales de su propio ámbito y hasta sobre las normas de tráfico.

Ahora, con la crisis, se evidencian todos los descosidos aunque los 34.000 funcionarios de Bruselas continúan viviendo al margen de los problemas y los parlamentarios europeos no ceden uno solo de sus 8.000 euros de sueldo mensual ni renuncian a sus cientos de asesores.
La UE seguirá legislando, pues, sobre el tamaño de los tetrabricks o el número de viñedos, pero no tiene una política común sobre Kosovo o Turquía, Cuba o Afganistán, lo que convierte en irrelevante su papel internacional. A cualquier militar holandés le molesta ser mandado por un italiano o a un polaco por un español. Berlusconi impidió al BBVA hacerse con la Banca Nazionale del Lavoro, Zapatero que E.ON entrase en Endesa y ahora Sócrates que Telefónica compre Vivo.

¡Si hasta los franceses andan cabreados porque pretenden jubilarles a los 62 años cuando aquí se hace a los 65! ¿Es esto unidad o un patético sarcasmo? Por eso, muchos que presumen de europeístas sólo encubren con ello, en el fondo, el mantenimiento de una hipócrita y flagrante desigualdad.