Mostrando entradas con la etiqueta racismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta racismo. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de abril de 2014

Un plátano y dos racismos



Algunos consideran excesivo el revuelo montado por el lanzamiento de un plátano al futbolista de color Dani Alves en Villarreal. Para ellos, las innegables connotaciones racistas de ese gesto sólo son una minucia.
En otros países, en cambio, escarmentados por la virulencia de los conflictos raciales, no hay disculpa que valga. Lo acaba de comprobar en sus carnes el dueño del equipo de baloncesto Clippers, de Los Ángeles, integrado casi en su totalidad por jugadores negros. “Puedes acostarte con ellos… —ironizó con su pareja, blanca, como él—, pero te pido que no los traigas a mis partidos”.
La frasecita de marras le ha costado a su autor la prohibición de asistir de por vida a cualquier campo de la NBA y la obligación de desprenderse de su equipo de baloncesto. Ya ven.
Es que en los Estados Unidos no se permite ni una broma en los asuntos de discriminación racial y debido a ello han sido sancionados con dureza deportistas, empresarios, políticos y periodistas.
Poco después de las revueltas callejeras tras el apaleamiento policial a Richard King, unos directivos de Texaco hicieron unos comentarios privados que denigraban a sus trabajadores afroamericanos. Al conocerse el hecho, comenzó un boicot ciudadano a la compañía y, para pararlo, ésta debió indemnizar a sus empleados de color con 132 millones de euros. A Coca-Cola le pasó algo parecido por la discriminación histórica de su personal de color y debió enmendarla soltando 228 millones.
Los países que han sufrido revueltas raciales —como Estados Unidos, Inglaterra y otros— son, pues, mucho más sensibles al tema que nosotros, que hasta tenemos un idioma plagado de expresiones xenófobas, las cuales usamos sin ningún miramiento. Se trata, por consiguiente, de dos reacciones distintas ante el mismo fenómeno. Entre otras razones, porque la exacerbación del racismo fuera de nuestras fronteras ha llevado a masacres étnicas tan terribles como el Holocausto.
Tras estas consideraciones, mantener que el lanzamiento del plátano dichoso sólo es una minucia resulta una temeridad irresponsable y hasta una cobarde ofensa a gran parte de la humanidad.       

miércoles, 15 de febrero de 2012

Sudáfrica en la encrucijada

Mientras paseo por el inquietante centro de Johannesburgo, observo menos presencia de blancos que en mis visitas al Harlem neoyorkino. Como en él, también existe aquí un enorme porcentaje de suntuosos edificios de oficinas vacíos.



El repliegue de los anteriores dueños y señores del país a barrios más exclusivos, como Standton, muestra que la integración racial, social y económica de Sudáfrica aún queda muy lejos.



Por otra parte, la mala conciencia europea por el reciente apartheid se manifiesta en las constantes visitas de blancos al emotivo museo dedicado a aquella ignominia o a la antigua cárcel de Constitution Hill y en sus excursiones a castigadas localidades como Soweto.



En cambio, la población de color pasa olímpicamente de monumentos como el Voortrekker, dedicado a la gesta colonizadora de los primitivos boers. Y eso que la colosal obra ha sido privada ya de las connotaciones racistas con las que fue creada.



Sudáfrica, con el 25% del PIB del continente, es pues un país en contante cambio, con una carta magna de las más ejemplares y avanzadas de todo el mundo. Aun así, con la vida política dominada ya por la mayoría negra y con una economía controlada aún por los descendientes de los colonos, está por ver si la mayor igualdad actual aumentará el bienestar medio de la población o no.



Hasta ahora, el milagro de esta transformación ha sido posible por la presencia de un hombre providencial y magnífico como Mandela. Pero, ¿podrá mantenerse tras su inevitable desaparición o surgirá el revanchismo en forma de alguna memoria histórica que dé al traste con la reconciliación obtenida?



Ésta es la encrucijada ante la que se halla este espléndido país.

lunes, 14 de noviembre de 2011

El racismo de Tintín

Buena se ha liado en Bélgica sobre si hay que retirar o no —dicho de otra manera, si hay que censurar— el cómic Tintín en el Congo, realizado por Hergé en 1931, debido a su presunto carácter racista.

Evidentemente, la historieta no es “políticamente correcta” al uso de hoy día, ya que este término es de reciente invención. Tampoco lo eran los tebeos de El guerrero del antifaz o Hazañas bélicas, que uno leía en su remota infancia, y no por eso uno se ha dedicado a ir dando en su vida mandobles a diestro y a siniestro.

Y es que las personas y sus obras son producto de su momento histórico. Lo único que cabe pedirles es que sean honestas; y el autor de Tintín lo es.

Puestos a rebuscar en el pasado de la gente, hay episodios mucho más infamantes aunque, también, hijos de su tiempo, que diría el otro. Pablo Neruda, por ejemplo, junto a su excelsa obra poética, escribió un homenaje a Stalin en 1953 y que en aquel momento debió parecerle de lo más fetén. Lo mismo cabe decir de la oda a Franco en 1966 del cantautor Víctor Manuel, cuando el dictador aún estaba vivito y coleando.

Muchos otros —Laín, Alberti, Machado, Torrente Ballester…— han tenido sus episódicos momentos de debilidad ideológica en los que han cantado a Hitler, José Antonio, Líster, Mussolini,… para su rubor y oprobio retrospectivos.

El bueno del dibujante belga Hergé, en cambio, ni eso: solo un entretenido y bienintencionado tebeo de 1931 en el que, obviamente, las cosas se narran como sucedían entonces y no como ocurren ahora, 80 años más tarde.

El mismo reproche que al autor de la historieta cabría hacerle a Ptolomeo por afirmar que la tierra era plana trece siglos antes, claro está, del primer viaje de Cristóbal Colón. Y es que ni siquiera los genios tienen un poder de adivinación tan anacrónico que les permita hablar del ADN cuando aún no se había descubierto ni fabular historias de mujeres jefes de Gobierno en épocas en las que ni siquiera se las permitía votar.

Uno le sugeriría al universitario congoleño autor de la demanda contra Tintín que cambie de destinatario de sus disparos. Podría dirigirse contra aquellos magnates cuyos antepasados se lucraron con el repugnante tráfico de esclavos y hasta consiguieron títulos nobiliarios por su ignominia.

Pero también ellos, como algunos de los poetas antes citados, han tratado de borrar las huellas de su oprobioso pasado, a diferencia del bueno y honesto de Tintín

viernes, 25 de diciembre de 2009

¿Libertad de expresión?

Gracias a la apabullante moda de lo políticamente correcto, ya no podemos decir lo que queramos.
Un tribunal de Estados Unidos acaba de ordenar a una anciana que quite el irónico cartel de su jardín que ponía: “Nuestro perro se alimenta de Testigos de Jehová”. De nada le ha servido a la mujer argumentar que se trataba de una broma con la que disuadir a vendedores y predicadores a domicilio. El letrero que plantó su difunto marido hace treinta años ya ha sido retirado.
Menos bromas, pues. Cuando yo vivía en Nueva York, un locutor de TV pretendió razonar de forma elogiosa el predominio de los negros en algunas disciplinas deportivas. Ni así. Su comentario fue considerado de tipo racista y el hombre perdió el empleo.
¿Qué pasará en España cuando aquí empecemos a hilar tan fino? Pues que se proscribirá hasta el diccionario de la lengua, si me apuran. Asociaciones gitanas ya han pedido que se modifiquen alusiones claramente despectivas hacia su raza, como la de gitanada para referirse a “adulación, chiste, caricias y engaños con que suele conseguirse lo que se desea”. En nuestros diccionarios no resultan mejor parados los judíos: según el de María Moliner, una “acción mal intencionada o injusta contra alguien” es, simplemente, una judiada.
Todos quedamos como un pingo en el diccionario de la RAE, hasta los de mi tierra, ya que una vizcainada consiste en “palabras o expresiones mal concertadas”. Para que luego digan. ¿Y qué pasa con los modismos y expresiones de nuestra rica tradición popular? Pues que ya no podrá afirmarse de nadie que trabaja como un negro o que le engañan como a un chino. Ni que se trata de algún obstáculo que no se lo salta un gitano ni que debamos estar al tanto porque hay moros en la costa.
¿Lo ven? Pues peor aun es lo del refranero clásico, que se burla de quienes presumen de valor cuando ya no hay riesgo, con aquello de a moro muerto, gran lanzada. O esa otra infamia lingüística que se explica por sí sola de judío ni puerco no metas en tu huerto.
Una historia tan plagada de desencuentros y conflictos como la nuestra no sólo ha acumulado dicterios contra razas, religiones o grupos sociales. Nadie sale bien parado en el refranero: ni hombres ni mujeres, ni vírgenes ni putas, ni jóvenes ni viejos. Porque ya me dirán que no tiene mala leche lo del viejo que casa con niña, uno cuida la cepa y otro la vendimia. O aquel otro de viejo que con moza se casa, de cornudo no escapa. Y que conste que he sido piadoso al elegirlos, porque los hay muchísimo peores.
Ya ven, pues, que debemos andar con tiento a la hora de hablar. Como para presumir tontamente de libertad de expresión. Si no te demandan los Testigos de Jehová, como en el letrero aquel de marras, será cualquier otro colectivo, entidad o agrupación. Así que, dados los delicados tiempos que corren, voy a aplicarme a partir de ahora un conocido dicho popular: “En boca cerrada no entran moscas”. Pues eso.