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jueves, 21 de noviembre de 2013

Reinventar el pasado



Tan listo debe ser, según él, Pedro Solbes, que en octubre de 2007 ya previó la crisis económica. En vez de tomar medidas para corregirla, aseguró en un conocido debate con Manuel Pizarro que las cosas iban como la seda. En premio a eso, repitió como ministro de Rodríguez Zapatero.

Puesto a inventarse méritos de imposible verificación, el hombre cuenta ahora en sus memorias que en 2009 propuso un plan de austeridad al presidente del Gobierno que éste se pasó por el forro y que incluso niega que su ministro se lo hubiese presentado. En vez de dimitir entonces, Pedro Solbes no lo hizo, como tampoco se le había ocurrido hacerlo dos años antes, cuando sus primeras discrepancias: prefirió seguir acomodado en su placentera poltrona ministerial.

Algo de eso les ha sucedido también a algunos informadores de Canal 9, que despotrican ahora de las imposiciones sufridas por sus jefes durante todos los años que han venido informando en su canal televisivo. ¿Por qué no lo hicieron en su momento? ¿Por qué no se largaron en desacuerdo con aquella censura?

Es que a toro pasado todo resulta más fácil. Hasta las denostadas entidades bancarias reconocen ahora, como acaba de hacerlo Caixabank, en labios de Teresa Algans, “que no todo lo hemos hecho bien”. Con esa perífrasis, se refiere a que cuando engañaban a los pequeños ahorradores con la emisión de obligaciones preferentes no ignoraban que los estaban estafando.

El común denominador de todos estos casos es el intentar reescribir el pasado, mostrándolo del modo más favorable posible a sus dudosas actuaciones. En eso, los maestros suelen ser los políticos, que presentan como Memoria Histórica lo que no suele ser más que una falsificación de la Historia. Lo anticipó George Orwell en su famoso 1984, donde estólidos funcionarios producían falsos episodios históricos con los que embaucar a las masas, y lo hicieron realidad los redactores de la Enciclopedia Soviética, adulterando el pasado a conveniencia de los jefes del partido.

Habrá que esperar, pues, unos años, para ver cómo justifican los políticos actuales sus acciones y omisiones de ahora. Nos dirán entonces que no hicieron lo que vemos que están haciendo y hasta Mariano Rajoy intentará convencernos de que fue él quien sujetó el paro, acrecentó nuestro bienestar y cumplió su programa electoral.

Como dice el dicho, vivir para ver.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Sudáfrica en la encrucijada

Mientras paseo por el inquietante centro de Johannesburgo, observo menos presencia de blancos que en mis visitas al Harlem neoyorkino. Como en él, también existe aquí un enorme porcentaje de suntuosos edificios de oficinas vacíos.



El repliegue de los anteriores dueños y señores del país a barrios más exclusivos, como Standton, muestra que la integración racial, social y económica de Sudáfrica aún queda muy lejos.



Por otra parte, la mala conciencia europea por el reciente apartheid se manifiesta en las constantes visitas de blancos al emotivo museo dedicado a aquella ignominia o a la antigua cárcel de Constitution Hill y en sus excursiones a castigadas localidades como Soweto.



En cambio, la población de color pasa olímpicamente de monumentos como el Voortrekker, dedicado a la gesta colonizadora de los primitivos boers. Y eso que la colosal obra ha sido privada ya de las connotaciones racistas con las que fue creada.



Sudáfrica, con el 25% del PIB del continente, es pues un país en contante cambio, con una carta magna de las más ejemplares y avanzadas de todo el mundo. Aun así, con la vida política dominada ya por la mayoría negra y con una economía controlada aún por los descendientes de los colonos, está por ver si la mayor igualdad actual aumentará el bienestar medio de la población o no.



Hasta ahora, el milagro de esta transformación ha sido posible por la presencia de un hombre providencial y magnífico como Mandela. Pero, ¿podrá mantenerse tras su inevitable desaparición o surgirá el revanchismo en forma de alguna memoria histórica que dé al traste con la reconciliación obtenida?



Ésta es la encrucijada ante la que se halla este espléndido país.

lunes, 9 de enero de 2012

El "año Unamuno"

Espero que este año Unamuno que ha comenzado no sirva para la apropiación de su persona “por los hunos y por los otros”, como diría el propio don Miguel, ya que nuestro cainismo ancestral suele utilizar su figura como arma arrojadiza contra los adversarios políticos.


Eso sucede ahora, claro está, porque en vida “fue el único intelectual represaliado por los dos bandos” enfrentados en nuestra guerra civil, como recuerda Luciano G. Egido.

Ese hecho lo define con precisión Andrés Trapiello en su magnífica y ecuánime obra Las armas y las letras, que trata del papel de los escritores en aquella contienda: “Unamuno, que creía en la justicia de las dos Españas, se quedó sin ninguna”. Y es que, en palabras del antiguo rector de Salamanca, optar entre “los unos con sus rebaños, y los otros, con sus hordas” no era más que un triste dilema de incivilidad.


Todo esto, por fortuna, sucedió hace 75 años, pero hay quien se obstina en perpetuarlo en el presente. Por eso hemos tenido, cómo no, ofrendas por separado a Don Miguel y polémicas tan anacrónicas como la de devolver al difunto su acta de concejal.


En esa línea de mantener en plena vigencia los motivos de enfrentamiento entre españoles, algunos le buscan las vueltas a la llamada memoria histórica, hurgan en afrentas periclitadas y actualizan odios prescritos. En cambio, otros países con desgarros internos más recientes han conseguido mirar hacia adelante en vez de hacerlo por el retrovisor de la historia.


Peor, si cabe, es lo que le sucede a Unamuno en su País Vasco natal. Él, que tanto hizo por el vascuence y tanto orgullo mostró de sus orígenes, casi está proscrito en su tierra, donde apenas quedan huellas de su persona, como no sean aquellas periódicas pintadas de “cabrón españolista” en la fachada de su casa bilbaína.


Razón de más para este nuevo homenaje de la Salamanca que tanto amó Don Miguel y que tanto le debe a la inmensa talla intelectual de su rector. Y es que, al final de tanta ingrata peripecia, Salamanca es de Unamuno y Unamuno pertenece a Salamanca.


Por eso creo, además, que este año Unamuno puede ser un espléndido reclamo para que sus admiradores —que los tiene, y muchos, dada la permanente actualidad de su obra— se acerquen a la capital salmantina, como prevé su alcalde, Fernández Mañueco.


Sólo faltaría, para acabar, que con la disculpa de este aniversario la gente relea al autor de Niebla, Del sentimiento trágico de la vida y muchas otras obras igual de vigentes.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Los planes (probables) de Zapatero

Rodríguez Zapatero negaba la crisis no hace mucho. Entonces las encuestas le eran favorables, nuestro hombre estaba en plena faena de transformar el país de arriba abajo, en un demoledor ejercicio de adanismo político, y probablemente pensaba eternizarse en el poder a falta de ninguna limitación constitucional al respecto.

Ése era el idílico escenario hasta que un día del mes de mayo vio abrirse el abismo económico bajo sus pies.

Ahora, cuando le vienen mal dadas, acaba de suscitar la cuestión sucesoria la víspera misma, como quien dice, de reconocer que “necesitaremos cinco años para corregir los desequilibrios estructurales de esta economía”. Y él, claro, no está para esa ingrata labor.

Para ella, y dado que los sondeos electorales le son adversos, ya estará Mariano Rajoy, quien arrostraría ese quinquenio —cuatrienio, más bien— de impopularidad conseguida merced a las brutales reformas que se avecinan. Tampoco, por supuesto, sería él quien se quemase presentándose para perder ante el PP unas elecciones que truncarían su carrera política. Eso que lo hagan Chacón, Blanco, Pérez Rubalcaba o quien sea. Él se retiraría a tiempo, con el haber de la Memoria Histórica, la Alianza de Civilizaciones y otras zarandajas por el estilo, y a ver demomento los toros desde la barrera.

Luego, cuando la realidad empitone a diestra y a siniestra, tanto a los políticos del PP como a los del PSOE, emergerá él de nuevo, como renovado Mesías salvador que administraría los subsiguientes años de bonanza, una vez haya pasado el tsunami económico.

Esto, claro está, sólo es una hipótesis. Pero, conociendo el sutil maquiavelismo de nuestro presidente, resulta una hipótesis inquietante, sí, pero también más que verosímil.

viernes, 18 de junio de 2010

Todo se retrasa

Lo último es que las obras al acceso norte por el Helmántico aún siguen sin estar licitadas. Y el asunto no tiene visos de tirar hacia delante tras la fallida de la empresa adjudicataria. Lo mismo le sucede al tramo fronterizo de la N-620. Y hasta al acceso sur, junto al cuartel de la Guardia Civil.

Todo lo que no se haya realizado en su día corre el riesgo, como se ve, de quedar pendiente hasta el día del Juicio Final.
Y es que ahora no hay un duro, claro. Pero cuando todavía lo había, las cosas tampoco se hicieron en los plazos previstos debido a la incuria de las autoridades, a los erráticos cambios de criterio de los responsables políticos y a la demagogia de las promesas electorales. ¿Se acuerdan de que el non nato Centro de Recepción de Turistas estaba previsto inicialmente para 2002? ¿Y qué ha pasado con el de la Memoria Histórica, con cuatro años de retraso y los que aún le caerán encima? ¿Y el Museo de Arquitectura? ¿Y el Parador de Béjar?
Todos ellos, claro, son casos diferentes, con responsables distintos y con disculpas variadas: desde cambios de ubicación de las obras hasta modificación de los proyectos, pasando por sobrecostes, suspensiones de pagos por parte de las empresas adjudicatarias,… Pero su común denominador es el mismo: retraso por irresponsable dejadez de los poderes públicos.
Bueno, pues atémonos los machos, porque lo que no se haya hecho hasta ahora puede tardar más de una década en realizarse, así de mal están las cosas.
Y a nivel municipal ni les cuento. El ex ministro del PP Manuel Pimentel lo advertía el otro día en una entrevista en el periódico O Xornal: “En los ayuntamientos habrá un desbarajuste financiero a corto plazo”. ¡Vaya por Dios! Otro que también lo ha dicho alto y claro es el conseller valenciano Rafael Blasco, al abogar por fusionar o suprimir ayuntamientos, como ha hecho Grecia, para así ahorrarnos dinero y mantener las prestaciones.
Claro que, por mal que estemos en Salamanca, si nos uniésemos a Madrid acabaríamos en la quiebra y de hacerlo con Barcelona nos convertiríamos en la capital de las putas, okupas y drogatas. O sea, que mejor nos quedamos como estamos.

sábado, 6 de febrero de 2010

Eastwood, Mandela, Franco y Zapatero

Nada más acabarse el ominoso apartheid y llegar al poder, el presidente sudafricano Nelson Mandela integró a sus antiguos verdugos en el país multirracial que comenzó a construir. Lo dice en el filme Invictus, de Clint Eastwood: “No me interesa el pasado, sino el futuro”. Así, en vez de un revanchista baño de sangre sentó las bases para el despegue de un país que parecía imposible.
Ése es, en resumen, el argumento de la película de Eastwood. La anécdota: cómo consiguió que el equipo nacional de rugby, compuesto por blancos, fuese aceptado como propio por la otrora marginada y reprimida mayoría negra.
Semejante metáfora de la concordia sucedió sólo hace 15 años. Y nadie ha reclamado el castigo retrospectivo de los crímenes del apartheid.
Aquí, en cambio, acabo de leer un vitriólico artículo, en el periódico de más circulación de España, pidiendo el castigo de crímenes del franquismo, es decir, de hechos ocurridos hace 70 años.
Con todo, lo más grotesco del asunto no es el abrir heridas restañadas que, en cambio, otros países que anteponen la fraternidad al rencor han dado ya por olvidadas. No. Lo peor es que aquí también se dio —en falso, a lo que se ve— el paso propugnado por Mandela, el político más importante de finales del Siglo XX. Aquí hubo una amnistía política en 1977 en la que se excarceló a gente con crímenes horribles —asesinos de ETA, por ejemplo—, algunos de los cuales en seguida volvieron a delinquir.
Pero ése fue el precio del olvido, del perdón y de la reconciliación. Seguir a estas alturas exigiendo vindicaciones unilaterales, supone un desatino y la más atroz de las injusticias.