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domingo, 29 de abril de 2012

Doblegar a los mercados


Un amigo mío confía en que el probable triunfo del francés François Hollande permita “doblegar a los mercados”, como si éstos fuesen unos tipos siniestros a los que habría que enchironar.

Muchos progres como él parecen ignorar que los mercados financieros existen porque hay quienes necesitan dinero y le piden el suyo a quienes han sabido ahorrarlo. Lo razonaba muy bien hace años otro socialista, Javier Solana, al explicar que los jubilados japoneses, por ejemplo, buscan la mayor rentabilidad de sus ahorros mediante unos gigantescos fondos que mueven los tipos de interés en un sentido u otro.

Claro que si el Gobierno español —y el griego y el italiano y todos los demás— no pidiese cada mañana dinero a los prestamistas ni habría mercados financieros ni la madre que los parió.

Por eso, ignorar a los mercados —y, pero aun, intentar “doblegarlos” — es un ejercicio tan inútil como oponerse a la ley de la gravedad.

Lo que Hollande y otros bienintencionados congéneres pretenden es seguir gastando como antes en una loca carrera que sólo conduce al fin del estado de bienestar. ¿O es que los griegos vivirían mejor de no haber logrado el rescate financiero internacional? ¿Acaso ellos y nosotros seguiríamos disfrutando indefinidamente de unos beneficios sociales que no podemos costear? ¿Y qué culpan tienen de nuestros dispendios los pobres pensionistas japoneses y los pequeños ahorradores de Singapur o de Badajoz?

Así que no hay otra que atarse los machos. Lo que sí se puede —y se debe— es pedir a Rajoy, Merkel y compañía que aten más corto a quienes más lo merecen y no al revés. Todo lo demás sólo sirve para desviar la atención de nuestro irresponsable derroche colectivo.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Grecia, España y Portugal

En una reunión de antiguos economistas no hemos encontrado ningún motivo para el optimismo. “Lo más insólito de esta crisis”, reconoció uno de nosotros, “es que nunca tantos países han debido a la vez tanto dinero”. “Y que los acreedores sean los países llamados emergentes”, apostilló otro.


Sobre la actuación de la UE y la situación de Grecia ha habido menos unanimidad, aunque no han faltado posturas apocalípticas: “El dinero prestado es dinero tirado”, dijo alguien: “El BCE está convirtiendo los euros de los países ricos en confeti, ya que los griegos nunca los devolverán”. “Y también cuando revenda la deuda de Italia, España y Portugal perderá una pasta gansa”, volvió a apostillar el más agorero.


Al salir el tema de los PIGS se añadieron algunos matices. El primero, el de la ineptitud de sus Gobiernos: “Solo saben ahorrar quitándole el dinero a los funcionarios y pensionistas”, en alusión a las medidas de Grecia. “Y, claro, la gente se cabrea, hace huelgas y deja de trabajar, con lo que la crisis empeora”.


“Es que nadie quiere vivir peor que antes, aunque lo hayamos hecho con un dinero que no teníamos”.


Gran parte de los contertulios atribuimos el negro futuro colectivo a esta frustración producida por una clase política incompetente. “Quien mejor lo tiene es Portugal”, opinó uno, “ya que su Gobierno lleva tiempo haciendo los deberes y los portugueses, por su parte, son más trabajadores y más sufridos que nosotros”.


Puede ser. En cualquier caso, al terminar la reunión, alguien recordó la frase de Juan Roig, el presidente de Mercadona, a comienzos de este año: “Lo mejor de 2011 es que 2012 será peor”.


martes, 8 de febrero de 2011

Cuando el paro sea del 7%

Estamos tan acostumbrados ya a altísimas tasas de paro que la falta de trabajo solo parece preocuparles a quienes lo padecen.

Por eso, un Gobierno impávido se congratula aquellos meses en que no se destruye empleo, como si con un 20% de parados aún quedasen muchos puestos de trabajo por destruir.

Nos hemos resignado, pues, a la fatalidad, ya que nuestra reforma laboral sirve para facilitar el despido en vez de incentivar el empleo. El paro se ha convertido en una alternativa de vida y los subsidios en una forma de ingresos, como si ambas situaciones fuesen normales y no una aberración.

¿Cuántos años serán precisos, en estas condiciones, para que el paro sea solo del 7%? ¿Diez años, veinte? ¿O tal eventualidad no es ni siquiera posible dado nuestro anquilosado sistema de relaciones laborales?

Si no conseguimos incorporar al mercado de trabajo a ese 40% de jóvenes en paro endémico, si no frenamos la sangría del fracaso escolar, si no aumentamos la productividad de unos trabajadores faltos de motivación, si no reorganizamos las empresas en vez de propiciar tontas regulaciones de empleo y jubilaciones anticipadas, vamos directamente a la catástrofe.

Lo más importante para salir de ese vórtice, para evitar una sociedad de castas con trabajo o sin él, con esperanza o con resignación, es repartir los sacrificios entre todos y no endosarlos a los más débiles: pensionistas y funcionarios.

Eso ya sucede en otros países donde no hay especies laborales protegidas y en los que un empleo y unos salarios equitativamente repartidos permiten atender a ese mínimo 7% de parados en vez de despilfarrar en un terrible 20% de desempleo.