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domingo, 29 de abril de 2012

Doblegar a los mercados


Un amigo mío confía en que el probable triunfo del francés François Hollande permita “doblegar a los mercados”, como si éstos fuesen unos tipos siniestros a los que habría que enchironar.

Muchos progres como él parecen ignorar que los mercados financieros existen porque hay quienes necesitan dinero y le piden el suyo a quienes han sabido ahorrarlo. Lo razonaba muy bien hace años otro socialista, Javier Solana, al explicar que los jubilados japoneses, por ejemplo, buscan la mayor rentabilidad de sus ahorros mediante unos gigantescos fondos que mueven los tipos de interés en un sentido u otro.

Claro que si el Gobierno español —y el griego y el italiano y todos los demás— no pidiese cada mañana dinero a los prestamistas ni habría mercados financieros ni la madre que los parió.

Por eso, ignorar a los mercados —y, pero aun, intentar “doblegarlos” — es un ejercicio tan inútil como oponerse a la ley de la gravedad.

Lo que Hollande y otros bienintencionados congéneres pretenden es seguir gastando como antes en una loca carrera que sólo conduce al fin del estado de bienestar. ¿O es que los griegos vivirían mejor de no haber logrado el rescate financiero internacional? ¿Acaso ellos y nosotros seguiríamos disfrutando indefinidamente de unos beneficios sociales que no podemos costear? ¿Y qué culpan tienen de nuestros dispendios los pobres pensionistas japoneses y los pequeños ahorradores de Singapur o de Badajoz?

Así que no hay otra que atarse los machos. Lo que sí se puede —y se debe— es pedir a Rajoy, Merkel y compañía que aten más corto a quienes más lo merecen y no al revés. Todo lo demás sólo sirve para desviar la atención de nuestro irresponsable derroche colectivo.

lunes, 2 de abril de 2012

La huelga y la Comunidad Valenciana

La ausencia de 43 diputados el pasado jueves en Les Corts evidenció, más que su hipotético apoyo a la huelga general, el carácter prescindible de la mayoría de ellos.

Para mayor inri, mientras a cualquier huelguista se le descuenta el salario de ese día, a los parlamentarios ausentes al trabajo no se les quita ni un euro.

Ésa es una de las paradojas de una jornada de protesta porque “quieren acabar con todo”. ¿Quiénes? ¿Los banqueros? ¿La patronal? ¿Angela Merkel y Sarkozy? ¿Las agencias de rating? ¿Los jubilados japoneses a través de sus fondos de inversión? ¿Rajoy y sus cuates?

De momento, para lo que ha servido la huelga general es para subir nuestra prima de riesgo, para que se hable del posible rescate de España —hasta el comisario europeo Joaquín Almunia lo va diciendo por Bruselas— y para asustar a posibles inversores foráneos.

Es lo que les ha sucedido a unos amigos norteamericanos que me telefonean preocupados: “Hemos visto en la tele las algaradas en la calle. ¿Qué pasa, que estáis como Grecia? ¿Para cuándo será la intervención de vuestra economía?”. Aunque he querido restar importancia a la movida sindical del pasado jueves, mis amigos ya me han dicho que de momento pasan de venir a España.

En otro foro con colegas economistas, con los que me reúno de tarde en vez, se comparte el pesimismo ante nuestro futuro: “No se trata de reducir el estado de bienestar —dice el que lleva la voz cantante—, sino de ver cuánto de él podremos mantener: con reformas, aún se podrá salvar bastante; sin ellas, simplemente nos vamos al carajo”.

En el estricto ámbito de nuestra Comunidad, ya me dirán si no es para atarse los machos: previsión de decrecimiento económico del 2,2% este año, según el BBVA; emisiones de deuda que no se pueden colocar; la inyección económica de Cristóbal Montoro liquidada en cuatro días para tapar agujeros; un paro superior a la media de España; ineficiencia educativa desde primaria hasta la universidad, según todos los rankings…

¿Y todo esto lo vamos a arreglar con absentismo laboral, baja productividad y huelgas y manifestaciones callejeras?

Lo peor es que todavía hay gente que cree que sí.

domingo, 11 de marzo de 2012

El bienestar que podemos pagar

Una especie de mantra repite insistentemente que “hay que defender el estado de bienestar”, como si al formular la frase se conjurase el peligro.
Al parecer, el sedicente estado de bienestar debe ser un derecho humano inalienable, como el de la vida o la libertad y no una conquista social que hace sólo 70 años no existía. Por eso, los corifeos del eslogan se oponen como panteras a que haya “recortes sociales”. Muchos de ellos ignoran que el suyo es un acto tan voluntarista y tan inútil como oponerse a la ley de la gravedad.
Y es que, como dice Santiago Niño —el único economista español que previó la actual crisis económica—, “esta vida que hemos disfrutado, queriendo tener siempre más y más, se ha acabado”.
La argumentación es muy simple: si hemos tenido más de lo que podíamos pagar, ahora nos toca tener menos y, encima, ahorrar para costear los gastos atrasados.
Todo lo demás son pamplinas: pérdida de tiempo de los políticos hasta las próximas elecciones, justificaciones de unos sindicatos que no quieren perder el momio del que disfrutan y explicaciones de economistas neokeynesianos que jamás entendieron a Keynes.
El artificio de vivir cada vez mejor a costa de un Estado voraz y elefantiásico se ha venido abajo porque los beneficios asistenciales de que gozábamos se diseñaron cuando la esperanza de vida era de 60 años y la medicina costaba la décima parte que hoy en día.
Por eso, ahora no se trata de preservar algo inasumible sino ver qué podemos mantener y cómo podemos financiarlo. O sea, que tenemos que elegir entre conservar lo más posible a base de sacrificios o cerrar los ojos a la realidad y darnos el batacazo.

domingo, 3 de julio de 2011

El repliegue de EEUU

Los Estados Unidos de Barack Obama han comenzado el repliegue de sus tropas y de su política geoestratégica coincidiendo, no por casualidad, con una etapa de crisis económica.


Ahora es la oportunidad de Europa de demostrar su supuesta talla militar y diplomática en un mundo en el que China aspira a ocupar el vacío que deja Estados Unidos.


Durante un siglo, los norteamericanos se han dedicado a solucionar problemas ajenos en todo el mundo, pero sobre todo en el viejo continente, al que salvaron en dos guerras mundiales y al que le resolvieron el peliagudo conflicto de los Balcanes.


El precio del desproporcionado esfuerzo bélico de EEUU ha sido un menor bienestar social interior del que merecían unos ciudadanos con el mayor PIB del mundo, para reproche condescendiente de los europeos, que han vivido espléndidamente a costa del sacrificio ajeno.

Mientras tanto, la ufana Europa ha sido incapaz de mostrar una estrategia militar común, con sus mandos más preocupados en cuestiones de competencia nacional y de destinos mejores que sus vecinos antes que en acciones bélicas mancomunadas y eficaces.


Pero si falla la política común sobre la inmigración, la bacteria e.coli, el conflicto palestino o el rescate económico de Grecia, ¿por qué iba a funcionar mejor la coordinación militar cuando eran otros los que nos sacaban las castañas del fuego?


Ese escenario parece haber cambiado. Ahora que EEUU se repliega para solucionar mejor sus propios problemas económicos y sociales, veremos qué podrá hacer sola una Europa cuyo bienestar se acaba y a la que no le sobrará dinero ni para poder defenderse.

domingo, 14 de noviembre de 2010

Se acabó el bienestar

Europa occidental lleva más de medio siglo disfrutando de un espléndido y envidiable estado de bienestar, sin parangón en beneficios sociales con ningún otro período de la historia y con ningún otro país del mundo de hoy día.

Lo malo es que, por la evolución demográfica y por el envejecimiento de su población, esa plácida prosperidad vigente ha podido mantenerse durante los últimos años a costa del bienestar futuro de nuestros hijos y de nuestros nietos.

Si eso de por sí ya es grave, peor es lo que nos ha ocurrido a los últimos países llegados a ese estado de prosperidad económica y social —Grecia, España, Irlanda y Portugal—: que nos pusimos a gastar como locos para alcanzar a toda prisa el nivel de los demás y que hemos acabado hipotecados hasta las cachas. Ahora, claro, llega el llanto y crujir de dientes al no poder mantener ese tren de vida.

A la gente, el que nos quiten cosas a las que creíamos tener derecho y que pensábamos que nos salían gratis nos cabrea. Por ello resulta lógico que haya huelgas violentas en Grecia, manifestaciones contra Nicolas Sarkozy en Francia y ahora en Gran Bretaña contra los duros recortes que David Cameron calculadamente evitó mencionar en su programa electoral.

Pero el único método que existe para que nuestros hijos puedan conservar cierto nivel de vida es reducir drásticamente el nuestro. Y eso lo sabe hasta Mariano Rajoy, que cuando critica los tímidos ajustes de Rodríguez Zapatero lo que hace es un simple ejercicio de hipocresía.

Y es que, creámoslo o no, y aunque nadie lo desee, se acabó lo que se daba.