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domingo, 23 de diciembre de 2012

Hablar como se quiera


Una cosa es estudiar en un idioma en la escuela, como sucede con la inmersión lingüística en catalán realizada en el Principado, y otra hablarlo en la calle, como esos niños que, según Duran i Lleida “lamentablemente” utilizan el castellano en los recreos.

Es que, en el fondo, los idiomas no sirven para entendernos unos con otros, sino para diferenciarnos los unos de los otros. Por eso mismo, tampoco puede imponerse su uso por decreto, como ansían todos los fundamentalistas. Así sucede en Flandes, donde, a pesar de que todo el mundo ha estudiado francés, la gente prefiere usar el inglés antes que la odiada lengua de sus vecinos valones.

La utilización de uno u otro idioma conlleva siempre algún resultado negativo. Que se lo pregunten, si no, a la amplia minoría de hablantes rusos de Estonia y de Letonia que viven por ello en un limbo jurídico, privados de la ciudadanía de sus respectivos países.

Éstas son historias reales de incomprensión humana con las que cualquiera puede toparse en sus viajes. Entiéndase, entonces, que a uno le ponga nervioso cualquier noticia sobre barreras lingüísticas, máxime si ocurre en parajes tan maravillosos como la Cataluña en la que siempre he podido entenderme en catalán, en castellano o, si el interlocutor se pone tozudo, en inglés.

Para mí, lo ideal es la carencia de un idioma oficial y que cada uno tenga el derecho a ser escolarizado en su lengua materna, como sucede es Estados Unidos. Luego, la realidad, la conveniencia o el afecto llevarán a cada habitante de ese país a hablar en inglés —lo más probable—, en chino o en el idioma que le dé la gana.

Eso es lo único lógico y todo lo demás son monsergas.

 

 

jueves, 31 de mayo de 2012

Cataluña y Escocia



Estoy en Escocia, donde aparte del inglés apenas si se habla el gaélico escocés. Y es que una cosa es la oficialidad y otra muy distinta la realidad. También el gaélico y el maltés son dos de las 23 lenguas oficiales de la UE y, sin embargo, las cabinas de interpretación de esos idiomas están vacías en el Parlamento Europeo ante la inutilidad de la traducción simultánea a dichas lenguas.

Debido seguramente a esa inconcreción lingüística no parece que Escocia vaya segregarse del Reino Unido en el referéndum del próximo otoño. Eso, a pesar de que la región ha tenido una larga historia como país independiente, en constante beligerancia con su vecina Inglaterra.

Es justo lo contrario de lo que sucede en Cataluña, que nunca ha tenido una andadura como nación específica, sino dentro de uno u otro de los reinos de España, pero donde el sentimiento independentista crece día a día.

La razón de esta tendencia separatista la halla un amigo filólogo en la lengua: “La patria es el idioma”, me dice, “y cuando se impone un idioma diferente se crea una sentimentalidad distinta y la necesidad de una organización política propia”. “Por eso”, añade, “no hay tensiones secesionistas en EEUU, pese a las diferencias entre Hawaii y Texas o entre Alaska y Florida”.

Cataluña, en cambio, puede llegar a ser más independentista que Escocia gracias al monolingüismo catalán. Se entiende así la política educativa de la Generalitat, la falta de recortes en TV-3 y las multas por rotular en castellano.

Si la patria es el idioma, la ausencia de la lengua española llevará, más pronto que tarde, ya sea ello justo o no, a la independencia de Cataluña.

Al tiempo.


domingo, 30 de mayo de 2010

El uso de las lenguas

Mi primo norteamericano Michael ha perdido su lengua castellana materna y no se siente por ello más incomunicado con su entorno ni con el mundo en general.

Por eso, creo modestísimamente que la desaparición de remotos idiomas en la Polinesia o en el Asia central no supone una mutilación irreversible de la cultura universal, como pregonan algunos, sino solamente una modificación de los instrumentos de comunicación humana. Nada más. Lo mismo opina Rick, mi profesor de inglés, nada apenado el hombre por ignorar la lengua noruega de sus ancestros que emigraron a Estados Unidos.

Es que los idiomas evolucionan y las personas también. No olvidemos que algunos de los mejores escritores en lengua inglesa nacieron en Irlanda: James Joyce, Oscar Wilde, Bernard Shaw,… sin que eso desdiga de su exquisita escritura. Por otra parte, dos de los más excelsos poetas franceses de finales del siglo pasado han sido el martiniqués Aimé Césaire y el senegalés Léopold Sédar Senghor.

El idioma, en realidad, cualquier idioma, es la patria que acaba escogiendo el ser humano para realizarse en plenitud. Lo han hecho escritores de todos los tiempos y lugares. Samuel Beckett abandonó el inglés por el francés, lo mismo que hicieron con sus lenguas respectivas el dramaturgo rumano Eugène Ionesco o el español Agustín Gómez Arcos, pongo por caso. Otros rumanos, en cambio, como Vintilia Horia o Valentín Popescu, se pasaron al castellano.

Ninguno de esos autores, ni muchos otros, hicieron de la lengua un casus belli sino que creyeron que los idiomas son un territorio universal y libre al alcance de cualquiera que los ame.