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domingo, 13 de enero de 2013

Por qué roban los políticos


La mayoría de los políticos no roba, por supuesto; pero los partidos a los que pertenecen, sí. Por eso, la financiación ilegal del partido de Duran i Lleida no es más que el último eslabón de una larga cadena que comenzó hace veintitantos años con las extorsiones del PSOE por medio de Filesa, Time Export y otras empresas fantasma.

De esa práctica delictiva no se ha librado casi ningún partido. Ahí están, si no, los casos Gürtel y Brugal, del PP, el de Casinos de Cataluña, de Convergència Democrática, y muchísimos más.

Casi todas las entidades financieras y las grandes empresas de este país han tenido que pagar las mordidas correspondientes, en forma de comisiones, sobornos, créditos sin retorno,… para poder trabajar sin miedo al poder político.

Decir esto es muy fuerte, pero está suficientemente documentado, aunque muchos crímenes hayan prescrito por dilaciones procesales, fallecimiento de sus responsables, acuerdos extrajudiciales, trapicheos políticos y el tácito acuerdo de no tirar de la manta porque “eso nos acabaría afectando a todos”.

La generalización de esta práctica tiene tantas explicaciones como personas implicadas en ella, pero también un común denominador a todas: la impunidad. ¿Cuántos de estos casos han llegado a los tribunales y cuántas sentencias se han dictado al respecto? Prácticamente, ninguna. Y cuando alguien ha sido cogido con las manos en la masa, como el saqueador del Palau, Félix Millet, sigue paseándose por las calles de Barcelona como si nada.

Para colmo, si algún día llega una condena, los corruptos podrán acogerse a acuerdos de conformidad, como en el caso Pallerols, o ser objeto de un indulto, como muchos temen que pueda ocurrir en un futuro con Iñaki Urdangarin.    

domingo, 23 de diciembre de 2012

Hablar como se quiera


Una cosa es estudiar en un idioma en la escuela, como sucede con la inmersión lingüística en catalán realizada en el Principado, y otra hablarlo en la calle, como esos niños que, según Duran i Lleida “lamentablemente” utilizan el castellano en los recreos.

Es que, en el fondo, los idiomas no sirven para entendernos unos con otros, sino para diferenciarnos los unos de los otros. Por eso mismo, tampoco puede imponerse su uso por decreto, como ansían todos los fundamentalistas. Así sucede en Flandes, donde, a pesar de que todo el mundo ha estudiado francés, la gente prefiere usar el inglés antes que la odiada lengua de sus vecinos valones.

La utilización de uno u otro idioma conlleva siempre algún resultado negativo. Que se lo pregunten, si no, a la amplia minoría de hablantes rusos de Estonia y de Letonia que viven por ello en un limbo jurídico, privados de la ciudadanía de sus respectivos países.

Éstas son historias reales de incomprensión humana con las que cualquiera puede toparse en sus viajes. Entiéndase, entonces, que a uno le ponga nervioso cualquier noticia sobre barreras lingüísticas, máxime si ocurre en parajes tan maravillosos como la Cataluña en la que siempre he podido entenderme en catalán, en castellano o, si el interlocutor se pone tozudo, en inglés.

Para mí, lo ideal es la carencia de un idioma oficial y que cada uno tenga el derecho a ser escolarizado en su lengua materna, como sucede es Estados Unidos. Luego, la realidad, la conveniencia o el afecto llevarán a cada habitante de ese país a hablar en inglés —lo más probable—, en chino o en el idioma que le dé la gana.

Eso es lo único lógico y todo lo demás son monsergas.