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lunes, 17 de enero de 2011

Me largo de Facebook

Estoy hasta las narices de Facebook. Así que lo dejo.
No lo hago como esos adolescentes que lo ven ya como un sitio lleno de vejestorios y por eso se pasan a otras redes sociales más cool. Es verdad que quienes más se entretienen hoy día contando todo el rato patochadas y revelando aspectos insólitos de su intimidad son los mayores de 50 años. Allá ellos.
En mi caso, me he sentido agobiado con peticiones de amistad de gente que desconozco; correspondencia indeseada y muchas veces indeseable; recomendaciones de terceras personas que, al no aceptarlas como amigas, me hacían quedar mal ante sus valedores... Han sido adosadas a mi perfil fotos de gentes con las que no comulgo; me han invitado a eventos que no me interesan; se ha pedido mi adhesión a páginas y a campañas cuyos objetivos no comparto; se han introducido en mi intimidad personas que aborrezco; me han hecho regalos virtuales que me sonrojan y, para colmo, he visto falsas encuestas presentadas por sedicentes amigos míos a otros opinando sobre presuntos hábitos de mi modesta persona... La repera.
Y todo eso con lo tranquilo que estaba yo sin meterme con nadie.
Ya sé que lo que me ha ocurrido a mí le sucede a todo el mundo. Peor para ellos. También hay quien publica en Facebook lo que piensa sobre su jefe, el nombre de la persona con la que ha engañado a su cónyuge o si planea atracar un banco. Yo, más modesto o más prudente que ellos, no he hecho nada de eso; pero saber que todo lo que se ha escrito en la red queda allí para siempre, sin que uno pueda nunca arrepentirse de ello, me parece tan monstruoso que no quiero seguir colaborando con semejante iniquidad.

miércoles, 14 de julio de 2010

Vigilancia, vigilancia

Un montón de telefilmes norteamericanos tipo Sin rastro, CSI y otros nos muestran cada día cómo se pilla a delincuentes gracias a las videocámaras instaladas en lugares públicos. Sensu contrario, se infiere que antes de esos artilugios los criminales debían pasearse por ahí tan tranquilos. Lo que también es verdad.

Contagiados de ese espíritu preventivo, los salmantinos han multiplicado por cuatro en los últimos catorce meses el número de cámaras de vigilancia pública. Parece una barbaridad y hasta supondría todo un récord si aún no estuviesen un cincuenta por ciento por detrás de la mayoría de las ciudades españolas en porcentaje de aparatos instalados.
Lo bueno del caso es que poco más del 2% de los registros (o licencias) de videocámaras son de titularidad pública. O sea, que no es que exista un Gran Hermano ávido de espiar nuestra intimidad, como en la novela de Orwell, sino que generalmente son las empresas, los parkings y las comunidades de vecinos a quienes preocupa la seguridad de sus locales y de sus usuarios.
Por fortuna, pasó ya la tonta manía de ver en todas estas acciones la mano ominosa del control y de la censura policial y política, al haberse demostrado la eficacia contra el crimen de estos mecanismos y cuando, por otra parte, cualquier criatura puede filmar hoy día a su profesor metiéndose el dedo en la nariz sin que el pobre se dé cuenta.
Además, tenemos unas autoridades tan exquisitamente celosas de la intimidad individual —incluida la de los delincuentes— que la ley reguladora de esta materia obliga a que figure “en lugar suficientemente visible” un distintivo que anuncie la vigilancia electrónica. Es decir, que se lo ponemos tan fácil como en su día las bolas de billar a Fernando VII.
Los ataques a la libertad individual no suele venir, pues, de estas cámaras, sino del uso abusivo y fraudulento de datos personales. Durante demasiados años, grandes empresas de la distribución han confeccionado ficheros de clientes que incluso vendían a terceros. Gracias a Dios, ahora, eso, en vez de un suculento negocio, sí que se considera un delito.