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jueves, 20 de marzo de 2014

Nacionalismo y Juegos Olímpicos



El nacionalismo (los nacionalismos) ha causado hasta ahora dos guerras mundiales. Para evitar una tercera, se han creado dudosas aunque bienintencionadas organizaciones internacionales, desde la ONU hasta la Unión Europea.
Lo paradójico es que el mundo no está más unido que antes: al acabar la Segunda Guerra, había unos 90 Estados; ahora, nos acercamos a los 200. Y subiendo, a tenor de movimientos como los de Escocia, Cataluña y muchos más. ¿Hemos disminuido, por consiguiente, el riesgo de conflictos que queríamos evitar?
Lo de Ucrania es el último suceso inquietante de este tenor, pero los hay a mansalva, desde Siria o Irak hasta Chechenia y, dentro de poco, con alguna probabilidad, la inmensa China. De Europa, no hablemos, tras haber visto la fragmentación de Yugoslavia en siete países diferentes o la proliferación de Estados bálticos y caucásicos.
La exaltación del nacionalismo no sólo no es reprimida sino que se la promueve constantemente. El mayor ejemplo lo aportan las competiciones deportivas, con la exhibición de banderas y símbolos nacionales.
Hay quien dice que es mejor que las naciones se enfrenten en los estadios que en los campos de batalla. Por supuesto. Pero, ¿por qué tienen que enfrentarse las naciones y no los deportistas a pelo, al margen de organización política alguna?
La prueba de que el deporte se instrumentaliza políticamente la aporta cualquier territorio aspirante a país, que busca ser representado en el COI o en la UEFA, como ha hecho recientemente Gibraltar.
Otro ejemplo lo ofreció la pobre España, cuando hace unos años sus deportistas mostraban sus desconocidas banderas autonómicas, en una propaganda centrífuga de los regionalismos contra el Estado.
En vez de esas constantes y casi obligadas exhibiciones políticas, sería maravilloso, insisto, que en los Juegos Olímpicos, por ejemplo, compitiesen los mejores atletas a nivel individual, sin limitaciones nacionales, y en las pruebas de equipo lo hiciesen encuadrándose al margen de las divisiones territoriales existentes.
Probablemente, unos Juegos de este tipo tendrían menos repercusión mediática y generarían menos dinero. Ya. Pero no olvidemos que el dinero, de una u otra forma, está detrás de todas las guerras que en el mundo ha habido. Y de las que habrá.        

domingo, 8 de septiembre de 2013

Freírnos a impuestos



Menos mal que el COI no ha dado los Juegos Olímpicos a Madrid. De haberlo hecho no se habría cumplido la propuesta de Mariano Rajoy de bajarnos los impuestos en 2015. Un incumplimiento más.
A lo mejor, ni por ésas, ya que nos advertía el cínico socialista Tierno Galván de que “las promesas electorales están hechas para incumplirlas”. ¡Si lo sabría él!
Lo que mejor se acomoda a ese aforismo son los impuestos, sin duda. Cuando estaba en la oposición, el hoy ministro Cristóbal Montoro despotricaba contra su subida por Rodríguez Zapatero ya que eso frenaba la actividad económica y aumentaba el paro. Ahora, que es él quien los sube, lo hace porque generan recursos y permiten crear empleo.
O una cosa, o la contraria. Pero, si resulta que es así, ¿por qué cometer el error de rebajarlos dentro de un año, justo en vísperas de las elecciones generales?
Sencillamente, porque los políticos suelen preferir su conveniencia a la verdad y sacrificar sus convicciones en aras de mantenerse en sus cargos públicos.
Retomemos el tema de los impuestos. En época de vacas gordas, cuando las Comunidades Autónomas se dedicaban sólo a gastar y el Estado central corría con el coste de la juerga, lo fetén era ver quién de ellas rebajaba más los impuestos autonómicos. O mejor aún, los hacía desaparecer, como el impuesto de Sucesiones.
El precursor fue el Gobierno vasco, para que volviesen ciudadanos exiliados por culpa de ETA, con el bonito argumento de que se trataba de un “impuesto confiscatorio”, ya que se imponía a “rentas ya grabadas en el momento en que se obtuvieron”.
Ahora, cuando las CCAA no tienen un duro y el Estado les aprieta las tuercas del déficit público, empiezan a reimplantar el citado impuesto al que lo ven ya como “algo progresivo que propende a un justo reparto de rentas”. ¡Toma ya!
Si seguimos —que seguiremos— utilizando los impuestos con esa alegre e impune desfachatez, no nos extrañemos que algún día un Gobierno autónomo —el de Artur Mas, por ejemplo— proponga reducir tributos a quienes se instalen en aquella región, o sea, se nacionalicen, para tener así más población independentista.
Con los impuestos, está visto, todo es posible.
   

viernes, 17 de agosto de 2012

No a Madrid olímpica


Ya verán cómo a Londres no le van a salir las cuentas de sus juegos olímpicos. Si no, al tiempo.

Es que semejante acontecimiento deportivo cuesta un riñón. Así, la ciudad canadiense de Montreal ha estado pagando hasta hace poco las deudas de sus juegos de 1976. Una ruina.

A Pekín, claro, le dio lo mismo endeudarse hasta las cejas hace cuatro años. Es lo que tienen las dictaduras. Además, con una población de 1.300 millones toca a muy poco por habitante. No le ocurrió lo mismo a Seúl, en 1988, o a Sidney, en 2004, que aún siguen haciendo números.

El rendimiento de unos juegos olímpicos radica en el grado de conocimiento y notoriedad que otorgan a una ciudad. Ése fue el gran éxito de Barcelona en 1992. Antes de aquella fecha no la conocía nadie y después de ella recibe turistas a gogó de todo el mundo. Además, gracias a los juegos consiguió una porrada de inversiones que modificaron definitivamente su fisonomía urbana.

Aquélla, también, era una época de vacas gordas, lo que no sucede en el caso actual de Madrid, con inversiones recientes aún por pagar y con un nivel de turismo que no mejorarían unos juegos olímpicos. Es lo que le ha pasado a Londres, donde miles de turistas han dejado de acudir este verano precisamente por el agobio olímpico.

Por eso sería una tragedia económica que se le concediesen los juegos del 2020 a Madrid. Hay ciudades a las que éstos no favorecen, por culpa de su propia inanidad turística, como Atlanta, en 1996, y otras en las que son absolutamente prescindibles, dada su notoriedad previa, como Atenas, en 2000.

Así, pues, seamos sensatos y no metamos la pata con Madrid.  

domingo, 5 de agosto de 2012

Deportistas de impotación


Desde hace años, todos los jugadores de la selección francesa de baloncesto, salvo el ex valencianista Nando de Colo, son negros. Lo mismo sucede con la británica, comandada por el sudanés Luol Deng.

Éstos son efectos de la nueva Europa multirracial, claro está, aunque sus proporciones étnicas no se corresponden con las existentes en sus países respectivos. 

Por lo mismo, allí donde no existen deportistas de origen foráneo que mejoren el nivel competitivo nacional, se importan. Sucede en el fútbol, en el que en algún campeonato todos los conjuntos, desde Polonia a Turquía, han tenido su jugador brasileño, incluyendo a España, con Marcos Senna.

Eso no es bueno ni malo: simplemente es. Lo mismo que la masiva irrupción de corredores africanos en el atletismo europeo, desde los tiempos de Wilson Kipketer, el mediofondista keniano nacionalizado danés.

En los Juegos Olímpicos que ahora se disputan en Londres, tenemos el caso de España, cuya delegación acoge a 23 deportistas originarios de 13 países distintos, desde Ucrania a Ecuador, pasando por la República del Congo. En algunos deportes, como el tenis de mesa, ha podido verse repetidamente la sorprendente imagen del enfrentamiento de jugadores chinos representando a países diferentes, como nuestros palistas Zhi Wen He y Yanfei Shen.

Lo paradójico del caso es que tanta dispersión geográfica y tanto exotismo no ha menguado un ápice el fervor nacionalista de los seguidores de los equipos respectivos; ni siquiera sabiendo, como se sabe, que los deportistas de importación y los records que ellos aportan se consiguen casi siempre a golpe de talonario.  

domingo, 26 de septiembre de 2010

Cómo tratar a los de fuera

Las autoridades británicas han editado una guía sobre cómo relacionarse con los extranjeros que asistan a los Juegos Olímpicos de 2012 en Londres. Se trata, con ella, de que taxistas y hosteleros, sobre todo, no metan la pata con los visitantes de distintas culturas y que de ese modo éstos vuelvan a sus países respectivos con un buen sabor de boca.
El folleto (librito, más bien) es bastante detallado y explica, en el caso de los españoles, que aunque hablemos a gritos no quiere decir por ello que estemos cabreados o que seamos unos arrogantes. También da pautas de cómo evitar líos con árabes y chinos, portugueses o canadienses, porque cada uno es muy suyo y lo que en Londres significa una cosa en Hong Kong puede querer decir justamente todo lo contrario.
No sé si el contenido del manual en cuestión resulta muy fidedigno, ya que cuenta que “sólo uno de cada cuatro españoles es capaz de mantener una conversación en inglés”. ¡Qué más quisiéramos! En este país, entre los mayores de 50 años sólo saben inglés José María Aznar y media docena de personas más. En cualquier caso, sin embargo, hay que reconocerle sus dosis de buena intención a la guía de marras.
La idea de los británicos, con todo, no es nada novedosa. La Cámara de Comercio de Salamanca publicó hace años una guía con la pronunciación figurada de las frases más habituales al menos en inglés, francés y japonés. El amplio glosario iba desde cómo saludar a las personas en los distintos idiomas hasta la denominación del cochinillo o de las bragas de señora.
Se buscaba, con él, facilitar la labor de los comercios de nuestra ciudad en su trato con los visitantes. Pero, ya ven, me ha sido tan difícil dar con uno de estos manuales que eso quiere decir que deben estar arrumbados en las trastiendas si no han sido tirados a la papelera. En un caso sé que le han regalado la correspondiente guía a una cliente que estudia japonés, ya que a los dependientes no se les ocurría qué hacer con el librito. O sea, que sí somos amables con los turistas, aunque continuamos sin saber cómo diablos venderles, que es lo que se pretendía.