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jueves, 17 de octubre de 2013

No somos mejores que los políticos



Está de moda creer que nuestros políticos se llevan a paladas el dinero público, en una impúdica exhibición de corrupción.
Desde luego, una serie de escándalos (Gürtel, Nóos, EREs, etcétera), así como su impunidad judicial a fecha de hoy, no contribuyen precisamente a disipar esa imagen.
Sin embargo, España es el 30º país menos corrupto del mundo de los 176 que controla la organización Trasparencia Internacional. Incluso en los más sanos, como Suecia, recuerdo el caso de una ministra conservadora y de un parlamentario comunista que hace años coincidían sin razón aparente en viajes organizados con dinero público. El motivo real era su secreta relación sexual a costa de los contribuyentes.
De la corrupción no se salva ni Dios, parafraseando los versos de Blas de Otero. Lo evidenció The Daily Telegraph al desvelar hace cuatro años que docenas de parlamentarios británicos habían cobrado dietas por viajes que no realizaron, recibido ayudas para hipotecas que ya habían vencido y conseguido compensaciones a obras inexistentes.
Ya ven que en todas partes cuecen habas.
Por eso mismo, a la hora de denunciar a políticos sinvergüenzas, también nosotros deberíamos hacérnoslo mirar: ¿quién no ha facturado obras sin IVA, enchufado al hijo de algún amigo o pedido una receta médica para otra persona?
No nos engañemos: tenemos a los políticos que nos merecemos.
Me lo ha ratificado el caso de una amiga ucraniana, en perfecto estado de salud pero con un subsidio permanente de invalidez. ¿Cómo es eso?, le he preguntado: pues que el médico que la operó con feliz resultado volvió a certificar su incapacidad laboral a cambio de percibir de ella bajo cuerda la mitad de su pensión de por vida.
Al lado de este caso, los nuestros parecen de chichinabo. Claro que esa falta de comportamiento moral de los ciudadanos se corresponde con las actitudes de sus políticos. Mientras que aquí los nuestros sólo se atreven a increparse en el Congreso, en Kiev llegan tan ricamente a darse de puñetazos por un quítame allá esas pajas.  

domingo, 10 de junio de 2012

Financiación de los partidos


Todo el mundo sabe que en el saqueo del Palau de la Música por parte de Félix Millet gran parte del dinero sustraído ha ido a las arcas de Convergència Democràtica. Por eso mismo, CiU y PP han impedido que Artur Mas tuviese que dar la cara en tan enojoso asunto.

En España, resulta frecuente que en grandes latrocinios, como los del caso Gürtel o el Instituto Noós, los partidos políticos saquen su gran tajada, más allá de las responsabilidades de Francisco Correa, Iñaki Urdangarín y otros autores de los trapicheos.

El último que ha declarado ante el juez por la presunta financiación irregular del PP valenciano es el ex vicepresidente de esa Comunidad, Vicente Rambla, y claro, como todos los demás declara no saber nada de nada.

Es mucha la ignorancia acumulada en este país. Durante más de 30 años de enjuagues de este tipo, sólo han acabado en la cárcel pececillos menores, como el senador socialista Josep Maria Sala, por el caso Filesa, o personajes muy secundarios del partido de Durán i Lleida. Para que hablemos luego de la omertà de los mafiosos sicilianos.

En todo este tinglado han tenido mucho que ver, por supuesto, las cajas de ahorro. No me refiero sólo a esos fantasiosos préstamos, como el de 6,7 millones de La Caixa al PSC cuando lo presidía Pepe Montilla, y a su condonación posterior. Otra manera de financiar a los partidos también ha sido colocar en sus consejos a políticos de uno y otro signo, dar generosos créditos a sus amigos o financiar proyectos inviables.

Por eso, mientras no haya una voluntad seria de erradicar la corrupción, las sucesivas leyes que se promulguen sobre la financiación de los partidos serán simple papel mojado.