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domingo, 2 de mayo de 2010

La estrategia de Zapatero

Por décima vez en quince meses, Zapatero ha dicho, impertérrito, que la crisis económica ha tocado fondo. Una oposición inane y desnortada no ha sido capaz de tomarle la palabra y emplazarle para que dimita si el mes que viene sigue creciendo el paro.
Y es que unos y otros están más ocupados en absurdos fuegos de artificio sobre la Memoria Histórica, Garzón, el Tribunal Constitucional, los estatutos de autonomía y demás cuestiones perfectamente prescindibles. Pero ya se lo dijo Zapatero a Iñaki Gabilondo, a micrófono aparentemente cerrado, hace un par de años: “A mí lo que me interesa es crear tensión”.
Es su mejor receta contra la crisis. Lástima que no le valga para la Europa que le ha tocado presidir en mala hora y que ve cómo se desmorona la economía griega, la solidaridad de la UE hace aguas y todos los políticos están más pendientes de salvar sus propios muebles —o sea, ganar elecciones— que salir del marasmo económico.
En ese contexto, los ciudadanos europeos ven cómo peligra su estado de bienestar y comienzan a salir a la calle —primero, en Grecia, en Portugal a continuación, y los que seguirán—, sin poner en cuestión a una clase política endogámica e ineficaz y a unos dirigentes empresariales que se han hecho aun más ricos a costa del empobrecimiento colectivo.
Por suerte para Zapatero, él ha exhumado el franquismo y otros fúnebres espantajos de nuestro pasado colectivo para tener entretenido al personal en rencillas históricas en vez de afrontar los problemas del presente. Así, con un poco de suerte, corre el tiempo y puede llegar en mejores condiciones a las próximas elecciones generales.

domingo, 11 de abril de 2010

Una persona, dos votos

Hasta ahora, 1,3 millones de españoles tienen el doble de capacidad de voto que el resto de sus conciudadanos. Son aquellos residentes en el extranjero que, sin haber estado nunca en España muchos de ellos, pueden votar tanto a Hugo Chávez en Venezuela, por ejemplo, como a Rajoy o Rodríguez Zapatero en nuestro país.

Esa perversión de la democracia parece tener los días contados ya que PP y PSOE comienzan a darse cuenta del dislate: ¿por qué ha de depender quién sea alcalde de Vigo, pongo por caso, de aquéllos que jamás han estado en la localidad gallega ni piensan estarlo?

La sesuda reflexión de nuestros políticos les ha llegado sólo en vísperas de la naturalización de 300.000 nietos de españoles con derecho a nuestra nacionalidad, a resultas de la Ley de Memoria Histórica: son ya demasiados electores foráneos para que dependa de ellos la gobernación del país. Ya antes, en las elecciones generales de 2008, su voto hizo ganar en Barcelona un diputado a CiU, en detrimento del PP, y en Tenerife perder un senador a Coalición Canaria en beneficio del Partido Popular. Más delicado es el caso de Galicia, donde el 12% del censo vive en el extranjero y donde por poquísimos votos puede depender el signo del Gobierno autonómico.

Se comprende, por consiguiente, tanto viaje de los líderes regionales de los partidos en busca del voto emigrante. Por suerte, dentro de poco, se hará bueno, por fin, el viejo aforismo democrático de “una persona, un voto”, y los respectivos lehendakaris de las 17 comunidades autónomas tendrán un argumento menos para hacer sus habituales y onerosos viajes al exterior con el dinero de todos.