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jueves, 24 de abril de 2014

Gª Márquez y Bouteflika



Con García Márquez desaparece no sólo el último y mejor exponente del boom de la literatura latinoamericana de los 60, sino la época de la Tricontinental, de la OLAS y de la acción revolucionaria en aquel continente.
Cuando lo conocí en 1975, Gabo se quejaba de que los progres portugueses y españoles apostasen por la democracia occidental en vez de hacer de la Península Ibérica la “Cuba de Europa”, como preconizaba entonces Saraiva de Carvalho.
Ahora, en cambio, olvidadas ya las veleidades revolucionarias de entonces, Iberoamérica tiende cada vez más hacia una socialdemocracia basada en el desarrollo económico y el pluripartidismo político.
El mundo de García Márquez ha cambiado, pues, como lo ha hecho el de su coetáneo, el argelino Abdelaziz Bouteflika. Cuando coincidí con él en 1973, era el más joven de los ministros de aquel FLN de Ben Bella, primero, y de Boumedian, después. Aunque más vividor, atildado y cosmopolita que ellos, él también creía en la revolución anti occidental como receta para su país.
La paradoja es que aquella revolución, sin saberlo sus autores, iba a desembocar inconsciente e inexorablemente en un islamismo radical y excluyente. Por eso, hubo de ser el propio Bouteflika, ahora ya viejo y achacoso, quien se enfrentase a aquella deriva fundamentalista de Argelia.
La coincidencia en el tiempo de la muerte del escritor y la reelección de un presidente que ya ni sale de casa, evidencian ese final de ciclo y abren nuevas expectativas en un mundo en el que el conflicto no es ya entre comunismo y capitalismo, sino entre otros antagonistas: ¿nuevos nacionalismos frente al orden establecido?, ¿extremismo religioso contra la sociedad laica y democrática?
A diferencia de las equivocadas certezas que tenían unos y otros hace medio siglo, de lo único que ahora estamos seguros es de nuestra ignorancia ante los conflictos que se avecinan.   

jueves, 4 de julio de 2013

Totalitarismo islámico


El alivio occidental por la caída del islamista egipcio Mohamed Mursi contrasta con su apoyo indisimulado a los yihadistas que combaten a Bashir al Assad en Siria.
Ésta es una más de las contradicciones de los regímenes democráticos, que han aplaudido la caída de dictaduras laicas, como la del sha Reza Pahlevi en Irán y la de Sadam Hussein en Irak, para ser sustituidas por el extremismo religioso chií o por la sangrienta inestabilidad del terrorismo. Ya me dirán dónde están los cacareados beneficios para la población, al igual que en la Libia post-Gadafi, convertida en un permanente polvorín.
El final de la llamada primavera árabe no parece, pues, muy prometedor. En algunos países, como Túnez, la dictadura del corrupto Ben Alí no pudo acabar en su día con el espíritu cívico de la población ni con los derechos de la mujer, inimaginables en el resto de los países musulmanes. Ahora, en cambio, el nuevo Gobierno pretende aprobar una Constitución islámica y excluyente.
Por eso, la tutela militar de la democracia, como sucede  ahora en Egipto, casi parece inevitable. Sucedió en Argelia, donde el ejército anuló la victoria electoral del Frente Islámico de Salvación y otorgó la presidencia del país a Abdelaziz Bouteflika, un histórico de la independencia frente a los franceses. 
Pero el modelo se remonta a la Turquía de Kemal Ataturk, un militar visionario y autócrata que en el lejano 1922 abolió por la brava la teocracia, impuso el sistema métrico y el alfabeto romano, prohibió la vestimenta religiosa en público y equiparó los derechos de la mujer a los del hombre. De distintas formas, desde entonces, el ejército turco modela la vida política para controlar la intolerancia islámica.
¿Nos hallamos ante una limitación de la democracia? Por supuesto que sí, según nuestros parámetros occidentales. Sin embargo, hay quienes equiparan el extremismo islámico a otras doctrinas totalitarias, como el fascismo o el nazismo, que llegaron al poder mediante elecciones democráticas precisamente para abolir la democracia.
Por eso, algunos se preguntan: de haberse evitado por la fuerza la ascensión de Hitler, ¿no se habrían ahorrado millones de muertos en una Europa sometida a la destrucción y la barbarie?
Planteada así, la cuestión no deja de ser inquietante.